Por: LORENZO MEYER
"México sigue siendo un país de millones dominado por los intereses de un puñado, igual que en 1810 y 1910. conviene sacar en eso una conclusión"
En un artículo sobre Carlos Slim que aparecerá en The New Yorker, (1° de junio) Lawrence Wright cita a un corresponsal del The New York Times que, al saber del préstamo por 250 millones de dólares que el magnate mexicano acababa de hacer (enero, 2009) a su periódico -y de las duras condiciones impuestas por Slim al prestigiado, pero endeudado diario-, se pregunta si a esa venerable empresa periodística le convenía asociarse con "un monopolista consumado" como Slim. Wright aprovecha la observación para definir al fundador del Grupo Carso como algo más que un monopolista: "nadie en la historia moderna ha dominado a una economía de las dimensiones de México -un país de ciento diez millones de habitantes con un ingreso per cápita superior a los diez mil dólares- como lo ha hecho Carlos Slim".
El ingeniero mexicano de origen libanés es el eslabón más reciente -y el más notable- de una cadena de personajes similares que viene de muy atrás. En realidad, una manera de resumir la historia de México -lo mismo política que económica, social o cultural- es la narración de lo sucedido en un país que siempre ha sido posesión efectiva de un puñado. Desde que hay memoria histórica, a nuestra sociedad se le puede definir como una estructura de poder diseñada para organizar y explotar la desigualdad social extrema. Y esta definición es válida lo mismo para el período indígena que para el colonial, el independiente o el actual.
En el pasado profundo, el dominio de los muchos por los muy pocos fue aceptado como natural, como legítimo, pero a partir de la independencia cada vez menos. Esa pérdida progresiva de legitimidad del poder de las minorías en un país estructurado de siglos por y para beneficio de los pocos, es lo que en gran medida explica la dinámica de la historia política de México en su etapa nacional.
La propuesta de celebrar el año entrante el bicentenario del inicio de la insurrección de independencia de México y el centenario de la derrocó a la dictadura de Porfirio Díaz, representa un problema para nuestra élite del poder. El sentido profundo de ambos acontecimientos -estallidos justos de violencia social- fue la el rechazo de los sectores mayoritarios a la permanencia de su estatus como eternos explotados, como meros objetos cuya única razón de ser era el servicio a unos supuestos "superiores naturales". Seguramente es por eso que hoy la maquinaria burocrática encargada de la "celebración" de dichas insurrecciones tiene el perfil más bajo posible. Y es que exaltar el espíritu de rebeldía de los muchos contra los pocos no cuadra bien con los que manejan el poder en el México actual.
Es frecuente en la plática informal escuchar la pregunta (¿el deseo?) de que quizá la magia del número 10 se vuelva repetir en este siglo: "1810, 1910, y ¿2010?" Por un lado, razones sobran para que el mexicano normal considere que siguen presentes en el México actual motivos como los que llevaron a los estallidos que pronto celebraremos. Por el otro, lo probable es que 2010 pasará a nuestra historia como el año que simplemente se ahondó la actual crisis económica, social y política y no como el que dio inicio a otra revolución. Y esto último es así porque las revoluciones ya no se ven como solución o porque, como lo señalara hace mucho Clarence Brinton, (Anatomy of Revolution, Nueva York, 1938), éstas no suelen estallar en sociedades exhaustas, que viven una etapa de depresión, sino en aquellas que combinan un agudo sentido de agravio, de injusticia colectiva con el empuje de una economía en ascenso.
En México el empuje económico se perdió en 1983 y desde entonces no se ha recuperado, pero por otro lado, el sentido de la injusticia va en ascenso. ¿Cuál de los dos términos de la ecuación de Brinton es más importante? El presidente del banco Mundial, Robert Zoellick, acaba de señalar que debido a los efectos negativos en el empleo de la crisis financiera mundial, "hay riesgo de una grave crisis social" en el sistema global, (El País, 24 de mayo). Por otra parte, México y Centroamérica, por depender desproporcionadamente de la economía de Estados Unidos, no saldrán de su depresión hasta que ese país se recupere
Desde el Gobierno y los círculos que le apoyan, se señala que la actual crisis económica viene de fuera y no es culpa de nuestra dirigencia. Sin embargo, el hecho rotundo e innegable es que México dejó de crecer desde 1983. La liga tan estrecha con Estados Unidos no es casualidad sino diseño de Carlos Salinas -el TLCAN- y nunca se tradujo en el crecimiento prometido para el país en su conjunto. La gran exportación hacia el mercado norteamericano nunca se hizo como parte de una cadena productiva ligada al resto de nuestra economía sino a importaciones, de ahí que el saldo comercial haya sido sistemáticamente negativo.
El TLCAN ha beneficiado sólo al México donde señorean los pocos, el México ligado a las exportaciones, el México ligado al sector financiero (que básicamente es extranjero), el México de las actividades monopólicas o cuasi monopólicas (teléfonos, televisión, cemento, etc.), el México de la alta burocracia (alimentada por la renta petrolera). Sin embargo, hubo otro México mayoritario que no creció, que no crece porque su mercado, el interno, ha desaparecido o casi.
Los indicadores sobre la distribución del ingreso del INEGI nos dicen que hoy el 60% de las familias mexicanas se las tienen que haber con el 26% del ingreso disponible mientras el 10% superior disponen del 36% de ese ingreso. El salario, ya sea el mínimo o el promedio, ha caído desde el inicio de la crisis del modelo económico en 1982. Peor aún, los aumentos en la productividad, cuando los hubo, no pasaron mayoritariamente al trabajo sino al capital. Y es que, finalmente, la razón de fondo de la desigualdad creciente es la que señala el economista Ravi Batra de la Southern Methodist University de Estados Unidos ya citado antes por esta columna (23 de abril): el sistema neoliberal actual está expresamente diseñado para que el aumento de la productividad apenas si llegue a los trabajadores y el grueso se quede como ganancia del capital. Este fenómeno lo ha mostrado Enrique Dussel para nuestro país. Por ejemplo, Dussel sostiene en 2004 que en la industria automotriz "el empleo aumentó en 40.1% durante 1988-2001, los salarios reales disminuyeron en 17.3% y la productividad aumentó en 213.2%" (http://www.jussemper.org/Inicio/Resources/DusselPetersBreviario.pdf).
¿Y la Democracia? Se supondría que con el advenimiento de la democracia política a nuestro país, por primera vez los muchos tendrían en sus manos el instrumento adecuado para empezar a revertir una situación que por siglos (¿milenios?) les ha sido desfavorable. Que mediante el voto, de manera pacífica, sin necesidad de repetir la violencia de hace un siglo y dos, podrían empezar a dar vuelta a la tortilla y hacer de México un país donde la mayoría se reconociera en el Gobierno y en sus políticas al punto de hacer de éste un país de todos o, al menos, de la mayoría. Sin embargo, no ha sido el caso.
Y es que los partidos y las estructuras dentro de las cuales se empezó a dar el actual juego electoral simplemente fueron capturados por la vieja red de minorías. El sistema de partidos se alejó y distorsionó hasta desaparecer su papel de aglutinador y transmisor de las demandas e intereses de la mayoría. En estas condiciones no extraña, por ejemplo, que en la encuesta de opinión ciudadana llevada a cabo por Reforma hace un año, (20 de mayo, 2008) a la pregunta "Diría que su país es gobernado por los intereses de unos cuantos, para su propio beneficio, o es gobernado para el beneficio de toda la gente", el 83% respondiera que esa acción gubernamental está encaminada al beneficio de unos cuantos. Ese resultado sobre la naturaleza de la acción del Gobierno se puede complementar con lo que encontró la Encuesta Nacional Sobre Cultura Política que llevó a cabo la Secretaría de Gobernación también en 2008: que apenas el 48% de los ciudadanos consideraba que México vivía en una democracia, (www.encup.gob.mx).
. La crisis económica ocupa hoy el centro del debate público, Ayer ese lugar lo tuvo la epidemia de influenza y anteayer el problema de la seguridad. Sin embargo, nuestra verdadera crisis es la incapacidad histórica para hacer que México transite del país de los pocos al de los muchos. Y ese es el tema -y lección- que nos deben de recordar los dos aniversarios que se aproximan.
viernes, 29 de mayo de 2009
jueves, 21 de mayo de 2009
El círculo cerrado
Por: LORENZO MEYER
"En esta etapa, resulta imposible saber cuándo y cómo se iniciará la regeneración política de México".
Lorenzo Meyer
El círculo de lo político pareciera haberse cerrado: lo antiguo no funciona pero persiste porque lo nuevo ni siquiera tuvo la oportunidad de cuajar. El grueso de la sociedad está insatisfecho con el arreglo en que mal operan las instituciones públicas, pero esa insatisfacción carece de salida práctica porque el juego del poder está dominado por un sistema de partidos que no está en capacidad de desempeñar su papel como representante de los intereses mayoritarios. Como conjunto nacional México no avanza, sólo gira sobre un mismo punto, está estancado.
Hacia ninguna parte, los comicios en puerta son un ejemplo de esta ausencia de salida. Las elecciones por venir se asemejan insoportablemente a las que hemos tenido desde siempre: votaciones donde no está en juego una disyuntiva real sino un mero recambio de personal. Es por ello que las elecciones son básicamente forma -muy costosa- sin contenido. Ninguna de las oligarquías que controla a los tres grandes partidos tiene la posibilidad y menos la voluntad de ofrecer una solución a la mediocridad, a la decadencia de la vida pública. Para ellas, estos malos tiempos resultan ser muy buenos: disponen de dinero público y, en la práctica, no hay forma de pedirles cuentas.
-aquélla basada en el crecimiento de la economía y el mantenimiento del orden- se agotó hace poco más de un cuarto de siglo y la nueva duró apenas un suspiro. Lo que hoy domina es una clase política sin clase, inmersa en la corrupción por las vías descritas o aceptadas recientemente por el ex presidente Miguel de la Madrid en una entrevista que dio a Carmen Aristegui y donde admitió sin ambages que la impunidad es el elemento indispensable y dominante de la forma prevalente de ejercer el poder en México.
Inmediatamente después de la difusión de lo dicho por De la Madrid, el círculo dirigente priista le obligó a retractarse públicamente, pero las propias circunstancias en que se dio esa retracción -la presión abierta ejercida por los incondicionales del ex presidente Carlos Salinas, a quien De la Madrid acusó de enriquecimiento tan explicable como ilegítimo- y la total ausencia de reacción del actual Gobierno ante las acusaciones de un ex presidente contra otro, simplemente sirvieron para confirmar las sospechas sobre la naturaleza de la oligarquía que domina la vida pública mexicana.
Un personaje secundario -el ex contratista Carlos Ahumada- pero observador participante de la corrupción de las cúpulas políticas mexicanas, acaba de describir con detalle en el libro Derecho de Réplica, ese modus operandi. La clase política mexicana está dividida por siglas de partidos y está enfrascada en una lucha interna por el control de las fuentes de riqueza, pero a la vez conforma una elite unida por sus prácticas, sus privilegios y la ausencia de sentido de dignidad y grandeza.
Hizo Suyo al Nuevo. En el año 2000 era válido suponer que en México moría un viejo régimen político y que ese evento histórico -la derrota electoral del PRI y su reconocimiento- llevaría al nacimiento de otro régimen, de otro México. Por algún tiempo, quizá hasta el 2004 o el 2006 hubo elementos objetivos -cada vez menos- para sostener esa interpretación. Sin embargo, a partir de la forma en que se dieron las últimas elecciones presidenciales y de lo ocurrido desde entonces, ya no fue posible sostener con credibilidad el supuesto de que nuestro país vivía en un marco democrático y, como consecuencia, eran posibles la vigencia del Estado de Derecho y la consolidación de la democracia.
Del México de hoy es uno donde dominan casi todas las características negativas que definieron la vida pública de por lo menos los últimos 70 años pero con agravantes: la inseguridad está peor y la economía simplemente ya no crece. Lo políticamente nuevo -básicamente la pérdida de poder de la llamada "presidencia imperial"- quedó neutralizado por la forma no democrática en que se ejerce ese poder en su nueva locación: en los gobiernos estatales, en el Legislativo o en las zonas de la economía dominadas por los poderes fácticos (los únicos que verdaderamente se han beneficiado del supuesto cambio).
El autoritarismo político mexicano nunca fue el más brutal de su especie, pero la masacre de 1968 marcó el momento en que las formas de sostenerse se hicieron disfuncionales. A ojos de muchos, un sistema que no encontró otra forma de resolver una protesta estudiantil -de las que hubo tantas en el mundo en ese entonces- que con un asesinato masivo y que, además, hacía lo mismo con la protesta rural, no tenía futuro.
El grupo empresarial, la represión política no era siquiera problema, pero sí lo era el que desde los 1970 y sobre todo a partir de 1982, el sistema se mostrará incapaz de sostener el crecimiento económico rápido. Desde el exterior -Estados Unidos-, el atractivo del régimen mexicano a partir del final de la II Guerra Mundial había sido su eficacia como neutralizador de la izquierda. Pero a fines de los 1980, al terminar la Guerra Fría, esa virtud dejó de ser importante y, en cambio, empezaron a ser evidentes sus inconvenientes, en especial la corrupción, que interfería con el buen funcionamiento del mercado y además abonaba el terreno para la inseguridad y el crecimiento de los cárteles de la droga. Por ésas y otras razones de la misma naturaleza, el sistema priista perdió legitimidad y tanto la oposición de derecha como izquierda pudieron echar a andar proyectos para reemplazarlo.
En principio, estas oposiciones de ambos extremos del espectro ideológico convergieron en su propuesta de un sistema político moderno, competitivo, pluralista, democrático. Desde la óptica de la izquierda, la revolución ya no era el único camino hacia la justicia social. Desde la visión de la derecha, la democracia política era la vía hacia una economía más dinámica, menos sujeta al chantaje de la burocracia y más asentada en el Estado de derecho. Sin embargo, el encuentro con los privilegios del poder, distorsionó ambos proyectos.
La derecha panista encabezada por Vicente Fox concluyó que la democracia política no le interesaba si eso significaba la posibilidad de que llegara a la presidencia Andrés Manuel López Obrador (AMLO) o cualquier grupo político montado en una movilización de las clases populares -a las que desde el Siglo XIX había visto como peligrosas- y proponiendo como centro de su plataforma electoral un Estado más activo y una redistribución del ingreso.
Fue una alianza entre el grupo que llegó a la presidencia en el 2000 y el que la había tenido desde 1929. A veces esa asociación fue explícita -Elba Esther Gordillo y Fox, por ejemplo- y otras tácita -la que se dio entre el Gobierno Federal panista y los cuestionados gobernadores priistas de Puebla o Oaxaca. Frutos de esta asociación fueron, entre otros, el desafuero de AMLO en 2004, la composición del IFE o el apoyo a la toma de posesión de Felipe Calderón en 2006.
No hay duda que si Carlos Ahumada pudo gravar sus devastadores videos sobre los actos de corrupción de René Bejarano, Carlos Ímaz y Gustavo Ponce, fue porque antes ya había fallado la fibra moral de partes importantes del PRD. Las fuertes divisiones dentro de la izquierda apenas sí lograron mantenerse bajo control hasta julio de 2006, pero a partir de su derrota, esas escisiones se manifestaron de manera espectacular y destructiva. Con apoyo de la autoridad electoral, los adversarios de AMLO tomaron el control del PRD y le negaron apoyo a su esfuerzo de largo plazo por dar forma a un auténtico movimiento social. Hoy por hoy, el grueso del PRD está más empeñado en mantener sus parcelas de poder -puestos y manejo del presupuesto del partido, delegaciones en la capital, gubernaturas, curules, presidencias municipales- que en arriesgarlas para enfrentarse de verdad con la elite del poder en un proyecto de cambio.
La única fuerza política aún empeñada en la búsqueda de una salida al círculo cerrado en que se encuentra el proceso político mexicano, es la encabezada por AMLO. Sin embargo, el gran poder de sus adversarios combinado con la desilusión colectiva con la política -con cualquier política-, hace que la construcción de la alternativa desde la izquierda y desde la base, no logre recuperar el terreno perdido en 2006.
Por ahora, el tiempo mexicano es uno donde aún no se vislumbra el horizonte ni es posible saber cuándo y por dónde se percibirá.
"En esta etapa, resulta imposible saber cuándo y cómo se iniciará la regeneración política de México".
Lorenzo Meyer
El círculo de lo político pareciera haberse cerrado: lo antiguo no funciona pero persiste porque lo nuevo ni siquiera tuvo la oportunidad de cuajar. El grueso de la sociedad está insatisfecho con el arreglo en que mal operan las instituciones públicas, pero esa insatisfacción carece de salida práctica porque el juego del poder está dominado por un sistema de partidos que no está en capacidad de desempeñar su papel como representante de los intereses mayoritarios. Como conjunto nacional México no avanza, sólo gira sobre un mismo punto, está estancado.
Hacia ninguna parte, los comicios en puerta son un ejemplo de esta ausencia de salida. Las elecciones por venir se asemejan insoportablemente a las que hemos tenido desde siempre: votaciones donde no está en juego una disyuntiva real sino un mero recambio de personal. Es por ello que las elecciones son básicamente forma -muy costosa- sin contenido. Ninguna de las oligarquías que controla a los tres grandes partidos tiene la posibilidad y menos la voluntad de ofrecer una solución a la mediocridad, a la decadencia de la vida pública. Para ellas, estos malos tiempos resultan ser muy buenos: disponen de dinero público y, en la práctica, no hay forma de pedirles cuentas.
-aquélla basada en el crecimiento de la economía y el mantenimiento del orden- se agotó hace poco más de un cuarto de siglo y la nueva duró apenas un suspiro. Lo que hoy domina es una clase política sin clase, inmersa en la corrupción por las vías descritas o aceptadas recientemente por el ex presidente Miguel de la Madrid en una entrevista que dio a Carmen Aristegui y donde admitió sin ambages que la impunidad es el elemento indispensable y dominante de la forma prevalente de ejercer el poder en México.
Inmediatamente después de la difusión de lo dicho por De la Madrid, el círculo dirigente priista le obligó a retractarse públicamente, pero las propias circunstancias en que se dio esa retracción -la presión abierta ejercida por los incondicionales del ex presidente Carlos Salinas, a quien De la Madrid acusó de enriquecimiento tan explicable como ilegítimo- y la total ausencia de reacción del actual Gobierno ante las acusaciones de un ex presidente contra otro, simplemente sirvieron para confirmar las sospechas sobre la naturaleza de la oligarquía que domina la vida pública mexicana.
Un personaje secundario -el ex contratista Carlos Ahumada- pero observador participante de la corrupción de las cúpulas políticas mexicanas, acaba de describir con detalle en el libro Derecho de Réplica, ese modus operandi. La clase política mexicana está dividida por siglas de partidos y está enfrascada en una lucha interna por el control de las fuentes de riqueza, pero a la vez conforma una elite unida por sus prácticas, sus privilegios y la ausencia de sentido de dignidad y grandeza.
Hizo Suyo al Nuevo. En el año 2000 era válido suponer que en México moría un viejo régimen político y que ese evento histórico -la derrota electoral del PRI y su reconocimiento- llevaría al nacimiento de otro régimen, de otro México. Por algún tiempo, quizá hasta el 2004 o el 2006 hubo elementos objetivos -cada vez menos- para sostener esa interpretación. Sin embargo, a partir de la forma en que se dieron las últimas elecciones presidenciales y de lo ocurrido desde entonces, ya no fue posible sostener con credibilidad el supuesto de que nuestro país vivía en un marco democrático y, como consecuencia, eran posibles la vigencia del Estado de Derecho y la consolidación de la democracia.
Del México de hoy es uno donde dominan casi todas las características negativas que definieron la vida pública de por lo menos los últimos 70 años pero con agravantes: la inseguridad está peor y la economía simplemente ya no crece. Lo políticamente nuevo -básicamente la pérdida de poder de la llamada "presidencia imperial"- quedó neutralizado por la forma no democrática en que se ejerce ese poder en su nueva locación: en los gobiernos estatales, en el Legislativo o en las zonas de la economía dominadas por los poderes fácticos (los únicos que verdaderamente se han beneficiado del supuesto cambio).
El autoritarismo político mexicano nunca fue el más brutal de su especie, pero la masacre de 1968 marcó el momento en que las formas de sostenerse se hicieron disfuncionales. A ojos de muchos, un sistema que no encontró otra forma de resolver una protesta estudiantil -de las que hubo tantas en el mundo en ese entonces- que con un asesinato masivo y que, además, hacía lo mismo con la protesta rural, no tenía futuro.
El grupo empresarial, la represión política no era siquiera problema, pero sí lo era el que desde los 1970 y sobre todo a partir de 1982, el sistema se mostrará incapaz de sostener el crecimiento económico rápido. Desde el exterior -Estados Unidos-, el atractivo del régimen mexicano a partir del final de la II Guerra Mundial había sido su eficacia como neutralizador de la izquierda. Pero a fines de los 1980, al terminar la Guerra Fría, esa virtud dejó de ser importante y, en cambio, empezaron a ser evidentes sus inconvenientes, en especial la corrupción, que interfería con el buen funcionamiento del mercado y además abonaba el terreno para la inseguridad y el crecimiento de los cárteles de la droga. Por ésas y otras razones de la misma naturaleza, el sistema priista perdió legitimidad y tanto la oposición de derecha como izquierda pudieron echar a andar proyectos para reemplazarlo.
En principio, estas oposiciones de ambos extremos del espectro ideológico convergieron en su propuesta de un sistema político moderno, competitivo, pluralista, democrático. Desde la óptica de la izquierda, la revolución ya no era el único camino hacia la justicia social. Desde la visión de la derecha, la democracia política era la vía hacia una economía más dinámica, menos sujeta al chantaje de la burocracia y más asentada en el Estado de derecho. Sin embargo, el encuentro con los privilegios del poder, distorsionó ambos proyectos.
La derecha panista encabezada por Vicente Fox concluyó que la democracia política no le interesaba si eso significaba la posibilidad de que llegara a la presidencia Andrés Manuel López Obrador (AMLO) o cualquier grupo político montado en una movilización de las clases populares -a las que desde el Siglo XIX había visto como peligrosas- y proponiendo como centro de su plataforma electoral un Estado más activo y una redistribución del ingreso.
Fue una alianza entre el grupo que llegó a la presidencia en el 2000 y el que la había tenido desde 1929. A veces esa asociación fue explícita -Elba Esther Gordillo y Fox, por ejemplo- y otras tácita -la que se dio entre el Gobierno Federal panista y los cuestionados gobernadores priistas de Puebla o Oaxaca. Frutos de esta asociación fueron, entre otros, el desafuero de AMLO en 2004, la composición del IFE o el apoyo a la toma de posesión de Felipe Calderón en 2006.
No hay duda que si Carlos Ahumada pudo gravar sus devastadores videos sobre los actos de corrupción de René Bejarano, Carlos Ímaz y Gustavo Ponce, fue porque antes ya había fallado la fibra moral de partes importantes del PRD. Las fuertes divisiones dentro de la izquierda apenas sí lograron mantenerse bajo control hasta julio de 2006, pero a partir de su derrota, esas escisiones se manifestaron de manera espectacular y destructiva. Con apoyo de la autoridad electoral, los adversarios de AMLO tomaron el control del PRD y le negaron apoyo a su esfuerzo de largo plazo por dar forma a un auténtico movimiento social. Hoy por hoy, el grueso del PRD está más empeñado en mantener sus parcelas de poder -puestos y manejo del presupuesto del partido, delegaciones en la capital, gubernaturas, curules, presidencias municipales- que en arriesgarlas para enfrentarse de verdad con la elite del poder en un proyecto de cambio.
La única fuerza política aún empeñada en la búsqueda de una salida al círculo cerrado en que se encuentra el proceso político mexicano, es la encabezada por AMLO. Sin embargo, el gran poder de sus adversarios combinado con la desilusión colectiva con la política -con cualquier política-, hace que la construcción de la alternativa desde la izquierda y desde la base, no logre recuperar el terreno perdido en 2006.
Por ahora, el tiempo mexicano es uno donde aún no se vislumbra el horizonte ni es posible saber cuándo y por dónde se percibirá.
jueves, 14 de mayo de 2009
Algo está (muy) podrido en la Dinamarca mexicana
Por: LORENZO MEYER
"La Corrupción en la Dinamarca de Shakespeare es cosa sin importancia frente a la nuestra. Aquí, ni Hamlet sería inocente"
Lorenzo Meyer
Esta columna sostuvo la semana pasada que la recién nacida democracia electoral mexicana había entrado en decadencia sin haber conocido un período de apogeo. Y como si la realidad deseara confirmar esa hipótesis, Carlos Ahumada, el tristemente célebre contratista del Gobierno capitalino enredado en una red de corrupción, lanzó ese mismo día un libro -Derecho de réplica, (Grijalbo, 2009)- donde detalla una trama de escándalo y chantaje en la que él intervino en 2004 y que sirvió de telón de fondo a la última campaña presidencial.
Como es sabido, a mediados del sexenio pasado, Ahumada grabó varias instancias en que él entregó dinero -fajos de billetes en un caso- a dirigentes del PRD -René Bejar ano y Carlos Ímaz- o en que captó a Gustavo Ponce, entonces secretario de Finanzas del Distrito Federal, apostando en un casino en Las Vegas. Ahumada explica esas y otras entregas de dinero o regalos a personajes con poder político en el Gobierno del Distrito Federal, como parte del modus operandi de un contratista que deseaba mantener sus ligas y contratos en ciertas delegaciones del Distrito Federal. Sin embargo, al no lograr que el Gobierno capitalino presidido por Andrés Manuel López Obrador (AMLO) respondiera como él deseaba -dándole el contrato para el "segundo piso" del anillo periférico-, decidió, con la mediación de un líder panista, Diego Fernández de Cevallos, vender ese material de escándalo al ex presidente Carlos Salinas, archienemigo político de AMLO, aspirante a la candidatura presidencial del PRD.
Una vez en manos de Salinas, el valor de esas grabaciones dio un salto cualitativo. A cambio de una fracción de lo que Ahumada pretendía obtener -apenas el 9% de los 400 millones de pesos demandados- Salinas terminó por hacer una negociación que, de ser cierta, bien podría ser digna de los famosos casos de estudio de la Business School de Harvard. Y es que el ex presidente, según Ahumada, logró que a cambio de hacer públicas tres grabaciones que mostraban la corrupción de personajes cercanos a AMLO, el Gobierno de Vicente Fox liberara a su hermano Raúl, acusado de ser el autor intelectual del asesinato de Francisco Ruiz Massieu, le devolviera la fortuna que tenía depositada en el extranjero, y finalmente, que se pusiera en prisión a Gustavo Ponce, personaje que había sido clave en la acusación contra Raúl. Pero eso no fue todo, Salinas, según Ahumada, no sólo no le pagó al grabador de los videos la suma prometida, sino que los 35 millones de pesos que le entregó, no salieron del bolsillo del ex presidente, sino que se trató de fondos que aportaron los gobiernos de Tabasco y del Estado de México y la lideresa del SNTE.
Una vez informado Fox de la naturaleza de los videos, y con el conocimiento y beneplácito del presidente y de otros personajes del círculo foxista, como el secretario de Gobernación, el procurador general y el director del Cisen, Salinas negoció con la principal cadena nacional de televisión -Televisa-, la forma en que entregarían y se presentarían las grabaciones para lograr el más alto impacto en la opinión pública y así destruir el capital político de quien ya se perfilaba como el principal candidato opositor y enemigo político de Salinas, Fox, el PAN y el PRI.
De ser cierto el testimonio de Ahumada, la ganancia política y material de Carlos Salinas y su familia fue total. Sin poner un centavo recuperó una fortuna y la libertad del hermano mayor. El escándalo de los videos impactó en los resultados de 2006 y Fox, el PAN y Felipe Calderón ganaron lo que el PRD y AMLO perdieron: la Presidencia. Para el PRI el resultado del proceso desatado por Ahumada tiene claroscuros, pero finalmente ese partido tiene hoy más posibilidades de negociar con quien oficialmente ganó por 0.5% que con un AMLO que entonces tenía posibilidades de un triunfo holgado.
No deja de tener su moraleja el que, en el universo de nuestra "gran política", Ahumada, un aprendiz de manipulador, terminó por ser manipulado cuando se asoció con Salinas, Diego Fernández de Cevallos, Elba Esther Gordillo o Juan Molinar, entre otros. Salinas le quedó a deber al contratista 365 millones de pesos. Además, tuvo que pasar 1,131 días en la cárcel, perder todas sus empresas de construcción y periodística y dejar el país.
Lo realmente importante de una obra como Derecho de réplica no es su autor ni los numerosos personajes que aparecen en ella, sino el constatar a través de nombres, cargos y circunstancias, que la verdadera, la perdedora absoluta del escándalo, ha sido la joven democracia mexicana.
La biografía, el contexto y el modo de operar de Carlos Ahumada -el propio de un empresario deshonesto como hay muchos-, obliga al lector a ser cauto y no aceptar al pie de la letra la veracidad de la obra bajo examen. Sin embargo, la parte medular de Derecho de réplica cuadra con lo que ya se sabía o se sospechaba en torno a la corrupción en el sector público y a las enormes fallas de la supuesta democracia mexicana. En cualquier caso, la obra en cuestión obliga a juicios sobre el estado actual de la vida pública mexicana.
El primer juicio es comprobar que casi al empezar a asumir sus primeras responsabilidades -y privilegios- como partido en el poder, una fracción de la dirigencia del PRD simplemente no estuvo a la altura de su historia y misión. Es decepcionante constatar cómo un empresario de segunda pudo tan fácilmente doblar la "fibra moral" de una parte de los cuadros de una izquierda que se suponía heredera de una ética forjada en la Oposición y en el espíritu de sacrificio. Con tan sólo asumir un fragmento de las deudas del partido, poner a disposición de sus líderes aviones particulares, invitarle a sitios exclusivos, apoyar sus campañas o facilitarles dinero para unas vacaciones, un contratista como Ahumada pudo poner a su servicio a un segmento importante de un partido que se presentaba y efectivamente parecía la alternativa radical a la corrupción política endémica. Igualmente significativo es evidenciar cómo parte de la cúpula del PRD -Rosario Robles y su grupo- prefirió colaborar con los enemigos históricos de su partido a cambio de no ver en la Presidencia a un correligionario: a AMLO.
El segundo es constatar la superficialidad del compromiso democrático del PAN, un partido que supuestamente nació en 1939 para, entre otras cosas, poner fin al uso sistemático del poder gubernamental en beneficio de un partido. El uso de los videos de Ahumada como munición en la guerra del PAN contra el PRD y el PAN se entiende e incluso se acepta, pues la guerra sucia ya llegó para quedarse como parte normal del paisaje electoral. Lo que ya no es de ninguna manera aceptable, porque constituye un golpe a la esencia de la democracia y del supuesto Estado de Derecho, es la negociación que Ahumada describe entre Salinas y el Gobierno -en la que intervino el Cisen, la Secretaría de Gobernación y la propia Presidencia- para que a cambio de poner a circular los videos en los medios masivos de información, se negociara la libertad de Raúl Salinas y el retorno de todos los fondos que el Gobierno mexicano le había congelado por ser de procedencia ilícita.
La intervención y los efectos del papel que, según Ahumada, jugaron en este asunto a favor del PAN, el presidente Fox, el secretario y el subsecretario de Gobernación así como el director del Cisen, ponen a México de regreso a la época anterior a 2000, es decir, cuando el partido en el poder y Gobierno eran una y la misma cosa.
Hasta la pacotilla del relato de Ahumada, revela el problema central de un régimen donde todo se puede negociar. El contratista corrupto metido a denunciante no deja muy bien parada a una Suprema Corte donde el ansia de poseer los videos puede influir en el nombramiento de sus ministros. Tampoco a la Iglesia Católica, pues el autor tiene a bien informarnos de algún donativo sustantivo para gastos particulares de un obispo y donde apenas el remanente sirve para obras piadosas.
. Cuando en una de las grandes tragedias de Shakespeare, el príncipe Hamlet asegura que "algo está podrido en Dinamarca", esa podredumbre está concentrada en el hipócrita rey Claudius: un gobernante que llegó al trono mediante el asesinato del gobernante legítimo, el padre de Hamlet.
Si Shakespeare hubiera podido conocer e inspirarse en el México de la actualidad, ninguno de sus personajes hubiera salido limpio, ni siquiera "la dulce Ofelia" o el propio Hamlet. Y es que en nuestra Dinamarca lo realmente difícil no es determinar lo que está podrido, sino lo que aún puede considerarse sano.
"La Corrupción en la Dinamarca de Shakespeare es cosa sin importancia frente a la nuestra. Aquí, ni Hamlet sería inocente"
Lorenzo Meyer
Esta columna sostuvo la semana pasada que la recién nacida democracia electoral mexicana había entrado en decadencia sin haber conocido un período de apogeo. Y como si la realidad deseara confirmar esa hipótesis, Carlos Ahumada, el tristemente célebre contratista del Gobierno capitalino enredado en una red de corrupción, lanzó ese mismo día un libro -Derecho de réplica, (Grijalbo, 2009)- donde detalla una trama de escándalo y chantaje en la que él intervino en 2004 y que sirvió de telón de fondo a la última campaña presidencial.
Como es sabido, a mediados del sexenio pasado, Ahumada grabó varias instancias en que él entregó dinero -fajos de billetes en un caso- a dirigentes del PRD -René Bejar ano y Carlos Ímaz- o en que captó a Gustavo Ponce, entonces secretario de Finanzas del Distrito Federal, apostando en un casino en Las Vegas. Ahumada explica esas y otras entregas de dinero o regalos a personajes con poder político en el Gobierno del Distrito Federal, como parte del modus operandi de un contratista que deseaba mantener sus ligas y contratos en ciertas delegaciones del Distrito Federal. Sin embargo, al no lograr que el Gobierno capitalino presidido por Andrés Manuel López Obrador (AMLO) respondiera como él deseaba -dándole el contrato para el "segundo piso" del anillo periférico-, decidió, con la mediación de un líder panista, Diego Fernández de Cevallos, vender ese material de escándalo al ex presidente Carlos Salinas, archienemigo político de AMLO, aspirante a la candidatura presidencial del PRD.
Una vez en manos de Salinas, el valor de esas grabaciones dio un salto cualitativo. A cambio de una fracción de lo que Ahumada pretendía obtener -apenas el 9% de los 400 millones de pesos demandados- Salinas terminó por hacer una negociación que, de ser cierta, bien podría ser digna de los famosos casos de estudio de la Business School de Harvard. Y es que el ex presidente, según Ahumada, logró que a cambio de hacer públicas tres grabaciones que mostraban la corrupción de personajes cercanos a AMLO, el Gobierno de Vicente Fox liberara a su hermano Raúl, acusado de ser el autor intelectual del asesinato de Francisco Ruiz Massieu, le devolviera la fortuna que tenía depositada en el extranjero, y finalmente, que se pusiera en prisión a Gustavo Ponce, personaje que había sido clave en la acusación contra Raúl. Pero eso no fue todo, Salinas, según Ahumada, no sólo no le pagó al grabador de los videos la suma prometida, sino que los 35 millones de pesos que le entregó, no salieron del bolsillo del ex presidente, sino que se trató de fondos que aportaron los gobiernos de Tabasco y del Estado de México y la lideresa del SNTE.
Una vez informado Fox de la naturaleza de los videos, y con el conocimiento y beneplácito del presidente y de otros personajes del círculo foxista, como el secretario de Gobernación, el procurador general y el director del Cisen, Salinas negoció con la principal cadena nacional de televisión -Televisa-, la forma en que entregarían y se presentarían las grabaciones para lograr el más alto impacto en la opinión pública y así destruir el capital político de quien ya se perfilaba como el principal candidato opositor y enemigo político de Salinas, Fox, el PAN y el PRI.
De ser cierto el testimonio de Ahumada, la ganancia política y material de Carlos Salinas y su familia fue total. Sin poner un centavo recuperó una fortuna y la libertad del hermano mayor. El escándalo de los videos impactó en los resultados de 2006 y Fox, el PAN y Felipe Calderón ganaron lo que el PRD y AMLO perdieron: la Presidencia. Para el PRI el resultado del proceso desatado por Ahumada tiene claroscuros, pero finalmente ese partido tiene hoy más posibilidades de negociar con quien oficialmente ganó por 0.5% que con un AMLO que entonces tenía posibilidades de un triunfo holgado.
No deja de tener su moraleja el que, en el universo de nuestra "gran política", Ahumada, un aprendiz de manipulador, terminó por ser manipulado cuando se asoció con Salinas, Diego Fernández de Cevallos, Elba Esther Gordillo o Juan Molinar, entre otros. Salinas le quedó a deber al contratista 365 millones de pesos. Además, tuvo que pasar 1,131 días en la cárcel, perder todas sus empresas de construcción y periodística y dejar el país.
Lo realmente importante de una obra como Derecho de réplica no es su autor ni los numerosos personajes que aparecen en ella, sino el constatar a través de nombres, cargos y circunstancias, que la verdadera, la perdedora absoluta del escándalo, ha sido la joven democracia mexicana.
La biografía, el contexto y el modo de operar de Carlos Ahumada -el propio de un empresario deshonesto como hay muchos-, obliga al lector a ser cauto y no aceptar al pie de la letra la veracidad de la obra bajo examen. Sin embargo, la parte medular de Derecho de réplica cuadra con lo que ya se sabía o se sospechaba en torno a la corrupción en el sector público y a las enormes fallas de la supuesta democracia mexicana. En cualquier caso, la obra en cuestión obliga a juicios sobre el estado actual de la vida pública mexicana.
El primer juicio es comprobar que casi al empezar a asumir sus primeras responsabilidades -y privilegios- como partido en el poder, una fracción de la dirigencia del PRD simplemente no estuvo a la altura de su historia y misión. Es decepcionante constatar cómo un empresario de segunda pudo tan fácilmente doblar la "fibra moral" de una parte de los cuadros de una izquierda que se suponía heredera de una ética forjada en la Oposición y en el espíritu de sacrificio. Con tan sólo asumir un fragmento de las deudas del partido, poner a disposición de sus líderes aviones particulares, invitarle a sitios exclusivos, apoyar sus campañas o facilitarles dinero para unas vacaciones, un contratista como Ahumada pudo poner a su servicio a un segmento importante de un partido que se presentaba y efectivamente parecía la alternativa radical a la corrupción política endémica. Igualmente significativo es evidenciar cómo parte de la cúpula del PRD -Rosario Robles y su grupo- prefirió colaborar con los enemigos históricos de su partido a cambio de no ver en la Presidencia a un correligionario: a AMLO.
El segundo es constatar la superficialidad del compromiso democrático del PAN, un partido que supuestamente nació en 1939 para, entre otras cosas, poner fin al uso sistemático del poder gubernamental en beneficio de un partido. El uso de los videos de Ahumada como munición en la guerra del PAN contra el PRD y el PAN se entiende e incluso se acepta, pues la guerra sucia ya llegó para quedarse como parte normal del paisaje electoral. Lo que ya no es de ninguna manera aceptable, porque constituye un golpe a la esencia de la democracia y del supuesto Estado de Derecho, es la negociación que Ahumada describe entre Salinas y el Gobierno -en la que intervino el Cisen, la Secretaría de Gobernación y la propia Presidencia- para que a cambio de poner a circular los videos en los medios masivos de información, se negociara la libertad de Raúl Salinas y el retorno de todos los fondos que el Gobierno mexicano le había congelado por ser de procedencia ilícita.
La intervención y los efectos del papel que, según Ahumada, jugaron en este asunto a favor del PAN, el presidente Fox, el secretario y el subsecretario de Gobernación así como el director del Cisen, ponen a México de regreso a la época anterior a 2000, es decir, cuando el partido en el poder y Gobierno eran una y la misma cosa.
Hasta la pacotilla del relato de Ahumada, revela el problema central de un régimen donde todo se puede negociar. El contratista corrupto metido a denunciante no deja muy bien parada a una Suprema Corte donde el ansia de poseer los videos puede influir en el nombramiento de sus ministros. Tampoco a la Iglesia Católica, pues el autor tiene a bien informarnos de algún donativo sustantivo para gastos particulares de un obispo y donde apenas el remanente sirve para obras piadosas.
. Cuando en una de las grandes tragedias de Shakespeare, el príncipe Hamlet asegura que "algo está podrido en Dinamarca", esa podredumbre está concentrada en el hipócrita rey Claudius: un gobernante que llegó al trono mediante el asesinato del gobernante legítimo, el padre de Hamlet.
Si Shakespeare hubiera podido conocer e inspirarse en el México de la actualidad, ninguno de sus personajes hubiera salido limpio, ni siquiera "la dulce Ofelia" o el propio Hamlet. Y es que en nuestra Dinamarca lo realmente difícil no es determinar lo que está podrido, sino lo que aún puede considerarse sano.
viernes, 8 de mayo de 2009
¿Decadencia sin pasar por el apogeo?
Por: LORENZO MEYER
"Cuando se supone que apenas está empezando, nuestra supuesta 'Edad de Oro' de la democracia, ya está declinando"
Lorenzo Meyer
. Una visión del proceso político dominante en la Grecia clásica sostenía que una sociedad podía, en condiciones adecuadas, evolucionar de una organización imperfecta del poder a una mejor e incluso alcanzar la perfección -por ejemplo, transitar de la tiranía a la auténtica monarquía, donde la característica era el imperio de la justicia-, pero no podía aspirar a sostenerse ahí. Tarde o temprano, las inevitables contradicciones en su seno, se desarrollarían hasta convertirse en factores que llevaran a la decadencia y el ciclo volvería a iniciarse. Y las cosas podían ser peores: algunas sociedades simplemente no podrían siquiera aspirar a disfrutar temporalmente de una "Edad de Oro" política. Estaban tan corrompidas que nunca alcanzarían la cima y siempre vivirían en la mediocridad del llano.
Por lo que toca a los griegos, en la evolución de cualquier arreglo político no había final feliz posible, simplemente habría unos menos malos que otros. La idea de la tragedia permeó toda la visión griega, incluyendo a la política. Y es ahí donde se encuentra el origen de nuestra ciencia política.
¿Qué valor real tienen las consideraciones anteriores para nosotros, los mexicanos? Bueno, sin ser científicas, pueden estimular la discusión. ¿Tuvimos alguna vez algo parecido a una "Edad de Oro" política y luego decaímos o simplemente nunca llegamos siquiera a alcanzar una altura digna en nuestro desarrollo institucional?
Alguien puede considerar que ciertas civilizaciones mesoamericanas sí vivieron momentos de grandeza antes de su caída: los mayas, los teotihuacanos, los purépechas, etcétera. Dependiendo de la definición o indicadores que se tomen, no faltará quien encuentre en los tres siglos que duró la Nueva España algún período de esplendor. El problema tiene mayor sentido si sólo se considera el tiempo a partir de que México se transformó en Estado independiente y reclamó para sí los privilegios y obligaciones de una nación soberana.
A nadie en su sano juicio se le ocurriría situar un momento de apogeo político en la primera mitad del siglo XIX. Sin embargo, si no se adoptan estándares muy altos y no se toman en cuenta las formas de vida de las mayorías paupérrimas, se puede considerar que la República Restaurada fue un momento de excelencia política. No faltará quien prefiera al Porfiriato maduro como candidato en esa categoría. Habría quien encontrara en el Cardenismo -período en que el proyecto nacional elaborado desde el Gobierno consideró los intereses materiales de la mayoría como el objetivo a lograr y actuó en consecuencia- el mejor momento político mexicano. Entre espíritus más conservadores, la estabilidad autoritaria priista que transcurre entre 1940 y 1968, bien pudiera colmar algunas modestas expectativas de buen Gobierno, sobre todo por la ausencia de sorpresas y esa tasa promedio de crecimiento del 6% del PIB.
A partir de la represión de 1968 y de la crisis económica de 1982, la decadencia del régimen priista es innegable, ya sea que se le mida desde la perspectiva de represión, conflicto social, fraude electoral, falta de consenso de las élites o, sobre todo, de la pérdida de dinamismo de la economía; pérdida que no logró detener la adopción del modelo neoliberal ni el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos.
. En los 1980 se inició en el norte del país un movimiento de insurgencia electoral que en 1988 adquirió carácter nacional y estimuló la imaginación colectiva hasta contagiar de voluntad de cambio a una mayoría. El neozapatismo desde la izquierda, desde la derecha un PAN que parecía genuinamente comprometido con la democracia y un PRD neocardenista que había aguantado el duro embate del salinismo, abrieron una brecha en las murallas del autoritarismo y en el año 2000 "tomó palacio" un heterogéneo grupo que se decía dispuesto a implantar y consolidar la democracia.
Sin embargo, el cambio, que pudo ser real e histórico, no fue bien encauzado por los responsables y en un abrir y cerrar de ojos la energía generada se disipó. Muy pronto la nueva dirigencia pactó con los representantes del pasado, con los poderes fácticos que habían crecido a la sombra del PRI y de su corrupción. La realidad se pareció cada vez más al pasado y la promesa del cambio muy pronto fue sustituida por la persistencia, la continuidad, de la mediocridad heredada. El fracaso fue tan rápido como rotundo.
Todos los indicadores que usualmente sirven para medir el desarrollo de una sociedad muestran en México estancamiento o franco retroceso: crecimiento económico, calidad de empleo, vigencia de la justicia, seguridad social, calidad de la educación, honestidad en la administración de lo público, seguridad pública, equilibrio en la estructura social, etcétera.
Hoy, la Presidencia ha perdido una buena parte del poder que tenía en el viejo régimen antidemocrático, lo que en principio está bien, pero lo lamentable son dos cosas. Por un lado, la reducción del poder presidencial como consecuencia del fin del autoritarismo debió dar paso al surgimiento en esa institución de un nuevo poder: el de la autoridad moral, el de la legitimidad democrática sin mácula, el del surgimiento de una Presidencia en manos de estadistas. Ni de lejos fue ése el caso.
Por otro lado, la redistribución del poder que verdaderamente se ha dado, no ha ofrecido algo realmente mejor de lo que había sino más bien ha devenido en la reiteración de lo obsoleto, lo corrupto y lo injusto. Así, lo perdido por "Los Pinos" lo han ganado gobernadores al estilo de Mario Marín, Ulises Ruiz y otros de su misma calidad y en estados donde el PRI se mantiene ya por 80 años ininterrumpidos como el partido gobernante.
Ese poder también lo ha ganado una Suprema Corte que ha perdido autoridad moral al emitir decisiones como la referente a Atenco, donde señala que en la represión contra los habitantes de ese pueblo en 2006 se violaron los derechos humanos de muchos atenquenses, pero al momento de nombrar a los responsables guardó un vergonzoso silencio. Los poderes fácticos, como los monopolios o cuasi-monopolios en televisión o telefonía, son más fuertes que nunca y siguen operando con impunidad a pesar de que su mera existencia viola la Constitución y afecta negativamente a la economía.
Y qué decir de ese gran poder fáctico que es el crimen organizado: en este año un par de revistas internacionales -Forbes y Time- ha puesto al "Chapo" Guzmán como parte de la élite mundial del dinero (uno de los mil millonarios) y de la influencia (uno de los 100 personajes más significativos del mundo), es decir, en la misma categoría que Carlos Slim, el otro mexicano -y monopolista- notable. Desde luego que los partidos y el Poder Legislativo han pasado de ser casi nada a ser cogobernantes, pero su interés y su capacidad de bien representar los intereses de la soberanía son tan pocos que en todas las encuestas de opinión ocupan los últimos lugares por lo que a respeto y aprecio de la ciudadanía se refiere.
La última encuesta de opinión pública de Mitofsky -la que se llevó a cabo en marzo y que aún no registra los efectos de la emergencia nacional provocada por la aparición del virus A H1N1- es una buena radiografía de la forma y hondura del túnel en que estamos metidos como sociedad nacional. Mientras el 46.1% de los encuestados consideró que el país marchaba por el camino correcto un número ligeramente superior -el 47.1%- suponía lo contrario: que iba por el camino equivocado.
El 72.8% consideró que la situación política en México había empeorado y únicamente el 19.5% la vio mejor. En fin, que para la mayoría relativa -el 40.9%- el principal problema era el económico seguido, pero de lejos, por el de la inseguridad (20.3%) y no era optimista al respecto, pues 68.5% suponía que en el futuro inmediato las cosas se pondrán peor: simplemente no veía la luz al final del túnel.
Y tienen razón, el PIB mexicano va a ser negativo este año. Va a caer en 4% y algún economista teme que la disminución pueda ser como en 1995: del 7%. Y los expertos nos dicen que esta vez no podremos esperar que el resto del mundo nos empuje hacia arriba pues la recuperación económica mundial va a tomar tiempo, años quizá, (The Economist, abril 25 a 1° de mayo).
Para coronar esta nada positiva perspectiva, las últimas encuestas nos dicen que en la medida en que los ciudadanos piensan votar en las próximas elecciones, la mayoría lo hará por el PRI. Pareciera ser entonces que en materia política, el futuro de México es un tipo de vuelta al pasado, a la decadencia sin haber experimentado el apogeo.
"Cuando se supone que apenas está empezando, nuestra supuesta 'Edad de Oro' de la democracia, ya está declinando"
Lorenzo Meyer
. Una visión del proceso político dominante en la Grecia clásica sostenía que una sociedad podía, en condiciones adecuadas, evolucionar de una organización imperfecta del poder a una mejor e incluso alcanzar la perfección -por ejemplo, transitar de la tiranía a la auténtica monarquía, donde la característica era el imperio de la justicia-, pero no podía aspirar a sostenerse ahí. Tarde o temprano, las inevitables contradicciones en su seno, se desarrollarían hasta convertirse en factores que llevaran a la decadencia y el ciclo volvería a iniciarse. Y las cosas podían ser peores: algunas sociedades simplemente no podrían siquiera aspirar a disfrutar temporalmente de una "Edad de Oro" política. Estaban tan corrompidas que nunca alcanzarían la cima y siempre vivirían en la mediocridad del llano.
Por lo que toca a los griegos, en la evolución de cualquier arreglo político no había final feliz posible, simplemente habría unos menos malos que otros. La idea de la tragedia permeó toda la visión griega, incluyendo a la política. Y es ahí donde se encuentra el origen de nuestra ciencia política.
¿Qué valor real tienen las consideraciones anteriores para nosotros, los mexicanos? Bueno, sin ser científicas, pueden estimular la discusión. ¿Tuvimos alguna vez algo parecido a una "Edad de Oro" política y luego decaímos o simplemente nunca llegamos siquiera a alcanzar una altura digna en nuestro desarrollo institucional?
Alguien puede considerar que ciertas civilizaciones mesoamericanas sí vivieron momentos de grandeza antes de su caída: los mayas, los teotihuacanos, los purépechas, etcétera. Dependiendo de la definición o indicadores que se tomen, no faltará quien encuentre en los tres siglos que duró la Nueva España algún período de esplendor. El problema tiene mayor sentido si sólo se considera el tiempo a partir de que México se transformó en Estado independiente y reclamó para sí los privilegios y obligaciones de una nación soberana.
A nadie en su sano juicio se le ocurriría situar un momento de apogeo político en la primera mitad del siglo XIX. Sin embargo, si no se adoptan estándares muy altos y no se toman en cuenta las formas de vida de las mayorías paupérrimas, se puede considerar que la República Restaurada fue un momento de excelencia política. No faltará quien prefiera al Porfiriato maduro como candidato en esa categoría. Habría quien encontrara en el Cardenismo -período en que el proyecto nacional elaborado desde el Gobierno consideró los intereses materiales de la mayoría como el objetivo a lograr y actuó en consecuencia- el mejor momento político mexicano. Entre espíritus más conservadores, la estabilidad autoritaria priista que transcurre entre 1940 y 1968, bien pudiera colmar algunas modestas expectativas de buen Gobierno, sobre todo por la ausencia de sorpresas y esa tasa promedio de crecimiento del 6% del PIB.
A partir de la represión de 1968 y de la crisis económica de 1982, la decadencia del régimen priista es innegable, ya sea que se le mida desde la perspectiva de represión, conflicto social, fraude electoral, falta de consenso de las élites o, sobre todo, de la pérdida de dinamismo de la economía; pérdida que no logró detener la adopción del modelo neoliberal ni el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos.
. En los 1980 se inició en el norte del país un movimiento de insurgencia electoral que en 1988 adquirió carácter nacional y estimuló la imaginación colectiva hasta contagiar de voluntad de cambio a una mayoría. El neozapatismo desde la izquierda, desde la derecha un PAN que parecía genuinamente comprometido con la democracia y un PRD neocardenista que había aguantado el duro embate del salinismo, abrieron una brecha en las murallas del autoritarismo y en el año 2000 "tomó palacio" un heterogéneo grupo que se decía dispuesto a implantar y consolidar la democracia.
Sin embargo, el cambio, que pudo ser real e histórico, no fue bien encauzado por los responsables y en un abrir y cerrar de ojos la energía generada se disipó. Muy pronto la nueva dirigencia pactó con los representantes del pasado, con los poderes fácticos que habían crecido a la sombra del PRI y de su corrupción. La realidad se pareció cada vez más al pasado y la promesa del cambio muy pronto fue sustituida por la persistencia, la continuidad, de la mediocridad heredada. El fracaso fue tan rápido como rotundo.
Todos los indicadores que usualmente sirven para medir el desarrollo de una sociedad muestran en México estancamiento o franco retroceso: crecimiento económico, calidad de empleo, vigencia de la justicia, seguridad social, calidad de la educación, honestidad en la administración de lo público, seguridad pública, equilibrio en la estructura social, etcétera.
Hoy, la Presidencia ha perdido una buena parte del poder que tenía en el viejo régimen antidemocrático, lo que en principio está bien, pero lo lamentable son dos cosas. Por un lado, la reducción del poder presidencial como consecuencia del fin del autoritarismo debió dar paso al surgimiento en esa institución de un nuevo poder: el de la autoridad moral, el de la legitimidad democrática sin mácula, el del surgimiento de una Presidencia en manos de estadistas. Ni de lejos fue ése el caso.
Por otro lado, la redistribución del poder que verdaderamente se ha dado, no ha ofrecido algo realmente mejor de lo que había sino más bien ha devenido en la reiteración de lo obsoleto, lo corrupto y lo injusto. Así, lo perdido por "Los Pinos" lo han ganado gobernadores al estilo de Mario Marín, Ulises Ruiz y otros de su misma calidad y en estados donde el PRI se mantiene ya por 80 años ininterrumpidos como el partido gobernante.
Ese poder también lo ha ganado una Suprema Corte que ha perdido autoridad moral al emitir decisiones como la referente a Atenco, donde señala que en la represión contra los habitantes de ese pueblo en 2006 se violaron los derechos humanos de muchos atenquenses, pero al momento de nombrar a los responsables guardó un vergonzoso silencio. Los poderes fácticos, como los monopolios o cuasi-monopolios en televisión o telefonía, son más fuertes que nunca y siguen operando con impunidad a pesar de que su mera existencia viola la Constitución y afecta negativamente a la economía.
Y qué decir de ese gran poder fáctico que es el crimen organizado: en este año un par de revistas internacionales -Forbes y Time- ha puesto al "Chapo" Guzmán como parte de la élite mundial del dinero (uno de los mil millonarios) y de la influencia (uno de los 100 personajes más significativos del mundo), es decir, en la misma categoría que Carlos Slim, el otro mexicano -y monopolista- notable. Desde luego que los partidos y el Poder Legislativo han pasado de ser casi nada a ser cogobernantes, pero su interés y su capacidad de bien representar los intereses de la soberanía son tan pocos que en todas las encuestas de opinión ocupan los últimos lugares por lo que a respeto y aprecio de la ciudadanía se refiere.
La última encuesta de opinión pública de Mitofsky -la que se llevó a cabo en marzo y que aún no registra los efectos de la emergencia nacional provocada por la aparición del virus A H1N1- es una buena radiografía de la forma y hondura del túnel en que estamos metidos como sociedad nacional. Mientras el 46.1% de los encuestados consideró que el país marchaba por el camino correcto un número ligeramente superior -el 47.1%- suponía lo contrario: que iba por el camino equivocado.
El 72.8% consideró que la situación política en México había empeorado y únicamente el 19.5% la vio mejor. En fin, que para la mayoría relativa -el 40.9%- el principal problema era el económico seguido, pero de lejos, por el de la inseguridad (20.3%) y no era optimista al respecto, pues 68.5% suponía que en el futuro inmediato las cosas se pondrán peor: simplemente no veía la luz al final del túnel.
Y tienen razón, el PIB mexicano va a ser negativo este año. Va a caer en 4% y algún economista teme que la disminución pueda ser como en 1995: del 7%. Y los expertos nos dicen que esta vez no podremos esperar que el resto del mundo nos empuje hacia arriba pues la recuperación económica mundial va a tomar tiempo, años quizá, (The Economist, abril 25 a 1° de mayo).
Para coronar esta nada positiva perspectiva, las últimas encuestas nos dicen que en la medida en que los ciudadanos piensan votar en las próximas elecciones, la mayoría lo hará por el PRI. Pareciera ser entonces que en materia política, el futuro de México es un tipo de vuelta al pasado, a la decadencia sin haber experimentado el apogeo.
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