jueves, 30 de abril de 2009

De Cananea al Colegio de Posgraduados

Por: LORENZO MEYER

Entre los problemas que tiene México como sociedad y comunidad política, especialmente ante la emergencia causada por un inesperado brote de influenza H1N1, el de unas huelgas que se prolongan sin solución pareciera marginal, perdido en medio de la montaña de temas que se acumulan en la agenda nacional. Y no es de extrañar, después de todo, apenas afecta a una minoría y cuyo discurso es muy diferente -opuesto- al que maneja la élite del poder.

Actualmente hay dos huelgas, la de Cananea en Sonora y la del Colegio de Posgraduados (Colpos) en sus varios campus, que ya han durado mucho, sobre todo la primera, y donde la solución, desde la perspectiva del poder, puede encontrarse no en negociar un acuerdo en torno a las demandas sino en el uso de la fuerza en el primer caso y el uso del tiempo -dejar que el asunto "se pudra"- en el segundo. Ambas vías de solución no serían aceptables desde la óptica del interés general y su mera posibilidad dice mucho sobre la naturaleza del Gobierno actual, tan alejado de los intereses de los asalariados y tan cercano a los del capital.

La decisión colectiva de los trabajadores de negarse a seguir laborando en las condiciones y términos que determina el empleador tiene una historia añeja, de milenios. Sin embargo, la huelga tal y como la conocemos hoy es un fenómeno económico, social y político que se desarrolló a partir del siglo XIX como resultado de la revolución industrial. Se trata del arma de última instancia de los asalariados. Históricamente, las huelgas han sido luchas muy desiguales que han requerido esfuerzos desproporcionados por parte de los huelguistas y cuyos resultados registran tantas derrotas como triunfos.

En México, como en el resto del mundo, los derechos de sindicalización y de huelga tardaron en ser reconocidos y debió correr sangre antes de que, como resultado de la Revolución Mexicana, la ley los incorporara y regulara. Ahora bien, desde el inicio hubo un golfo entre el reconocimiento formal y el ejercicio efectivo de los derechos sindicales, golfo que en los últimos tiempos se ha hecho mayor. El régimen de la post revolución se dijo defensor de los derechos de los trabajadores pero, en la práctica, siempre los condicionó a los intereses de la clase política que, después de 1940, coincidieron cada vez más con los de los patrones. A partir de 2000, un "Gobierno de empresarios y para empresarios", como se autodefinió el de Vicente Fox, hizo que esa coincidencia entre autoridades y patronos resulte muy similar a la que había a inicios del siglo pasado.

No deja de llamar la atención que una vez más sea en la políticamente simbólica población de Cananea, donde tenga lugar un conflicto laboral que resume la naturaleza actual de la relación del Gobierno con patrones y asalariados. Como se sabe, en 1906 estalló un movimiento de protesta proletaria en contra de la Cananea Consolidated Copper Co., (CCCC), que terminó por ser interpretado como precursor de la Revolución Mexicana de 1910. Los motivos entonces fueron la discriminación salarial: un obrero mexicano ganaba $3.50 diarios y un norteamericano $5.00. Además se exigió modificar la composición de la fuerza de trabajo con un 5% adicional de nacionales -los mexicanos era 5,360 y los norteamericanos 2,200-, la destitución de un capataz y, coronando esas peticiones laborales, algo que ya salía de ese ámbito para situarse en el meollo de la inconformidad política: un Gobierno efectivamente electo por el pueblo y que defendiera sus derechos y dignidad.

El resultado fue un desastre para todos: el choque de los mineros mexicanos con los trabajadores americanos de la maderería y, finalmente, una represión que dejó 23 muertos y muchos más detenidos. El tiempo corrió y al finalizar ese siglo, en 1999, la fuerza pública volvió a entrar en Cananea, aunque ya no para defender los intereses de William C. Green y la CCCC sino los de Germán Larrea y su Grupo México (GM).

A mediados de 2007 resurgió el conflicto entre la empresa minera y sus trabajadores. Esta vez las demandas de quienes laboran en una de las mayores minas de cobre del mundo se centró en las deficiencias de las medidas de seguridad -algo natural tras la tragedia en febrero de 2006 en otra mina del GM: la de Pasta de Conchos. Pero la protesta fue también o principalmente, parte de un conflicto mayor entre el Gobierno actual y el GM por un lado y el sindicato minero nacional: el SNTMMSRM. Este último es el sindicato dirigido por el hijo de Napoleón Gómez Sada, líder que fue de ese gremio por cuarenta años y uno de los pilares del corporativismo priista.

En enero de 2008, los mineros de Cananea y la Policía -estatal y federal- volvieron a chocar, pero la huelga se mantuvo. Hoy estamos a punto de entrar en un nuevo capítulo de tan desafortunado proceso. La empresa y el Gobierno simplemente se proponen acabar con el contrato colectivo de trabajo por causa de "fuerza mayor", liquidar con el monto más bajo posible a los 1,200 obreros, deshacerse de 300 "rijosos", recuperar las instalaciones, recontratar y volver a abrir la mina, pero esta vez con un nuevo sindicato, uno más manejable que el viejo SNTMMSRM, (al respecto, ver los argumentos de Arturo Alcalde en La Jornada, 25 de abril).

El Colegio de Posgraduados nació hace medio siglo del seno de la Escuela Nacional de Agricultura de Chapingo. Su objetivo fue abrir una opción de posgrado para la agronomía con tres tareas propias de ese tipo de instituciones: investigación, docencia y vinculación con la comunidad. Hoy tiene siete campus donde laboran 600 profesores e investigadores de alto nivel, pero ese conjunto académico entró en huelga desde febrero.

La agricultura mexicana debería ser una prioridad del Gobierno -lo fue- pero hoy el campo mexicano está en ruinas o casi. El ejido dejó de ser una institución importante y con vitalidad. La capitalización y modernización de la agricultura desde hace tiempo no son prioridades oficiales, tampoco lo es la investigación científica en esa área (o en cualquier otra). La "revolución verde" que se dio en México a partir de 1943 con apoyo internacional ya es historia. Hoy Colpos da cobijo al mayor conjunto de investigadores en el área de las ciencias agrícolas en nuestro país. Hace tiempo -años- se prometió a los integrantes del Colpos homologar sus salarios con los de otra institución de excelencia afín: el Cinvestav del Instituto Politécnico. Esa promesa no se ha cumplido y es la causa principal de la huelga que se prolonga sin solución, pero no la única. Los huelguistas también demandan que quede claro cómo se han usado los dineros de un fideicomiso creado en 2005 para manejar fondos externos producto de contratos entre el Colpos e instituciones o empresas que requieren de sus investigaciones.

Sin una agricultura montada en la investigación de punta y con el uso de la tecnología adecuada, el campo mexicano se continuará al margen de cualquier proyecto nacional digno de ese nombre y persistirá como lo que es hoy: una zona de miseria, proveedor ineficaz e insuficiente de la demanda, la parte más raquítica del mercado nacional y expulsor sistemático de mano de obra.

Independientemente de qué tan bien o mal haya llevado a cabo su negociación, el maltrato al Colpos no puede dejar de verse como parte del desinterés del Gobierno mexicano por la actividad científica. Mientras en Estados Unidos el presidente Barack Obama acaba de comprometer a su Administración con una inversión en ciencia y tecnología equivalente al 3% del enorme PIB norteamericano, para así relanzar a su país como potencia científica -única manera de ganar el siglo XXI-, en México la ciencia y la tecnología en particular son áreas marginadas en las que se gasta menos del 0.4% de nuestro PIB. Si a la mala calidad de toda la educación elemental le añadimos ese descuido de las áreas de excelencia de la investigación científica, entonces ni esperanza de abandonar la mediocridad nacional en la que estamos envueltos.

Los motivos de las primeras huelgas mexicanas hoy resultan entre escandalosos e increíbles. En 1865, en las fábricas textiles de San Ildefonso y La Colmena en el Estado de México, estalló la primera huelga bien organizada en demanda de la reinstalación de despedidos y de la anulación de una rebaja salarial, y por una jornada de 14 horas para las mujeres y 15 para los hombres. La huelga fue reprimida y fracasó.

Siglo y medio después, y en vísperas del centenario de la Revolución, ya no se debería volver a recorrer ese camino de escándalo y humillación para las organizaciones sindicales.

viernes, 24 de abril de 2009

¿Falló la ciencia económica o los economistas?

Por: LORENZO MEYER

"Más que la teoría económica, fue el grueso de los economistas los que fallaron, pero una minoría reivindica a su disciplina"

¿Cómo explicar que habiendo tantos doctorados en economía, el estallido de la nueva Gran Depresión Mundial haya tomado por sorpresa a casi todos los profesionales del ramo? Aquí en México, por ejemplo, quien está al frente de la Secretaría de Hacienda tiene un doctorado en economía de la justamente prestigiada Universidad de Chicago, y ese personaje nos aseguró hace apenas unos meses que si la economía norteamericana llegara a tener gripe, una economía mexicana bien cuidada por un equipo de tecnócratas bien pagados, apenas sufriría un "catarrito".

Bueno, el resultado no ha sido ese. Hoy, el gobierno se ha visto obligado a abrir una línea de crédito con el FMI por 47 mil millones de dólares más una línea swap por 30 mil millones de dólares con la Reserva Federal norteamericana para apuntalar un peso muy tambaleante por la caída en las exportaciones y en las remesas recibidas. Las cifras del INEGI nos dicen que el sector manufacturero ha caído ya 16.1% a tasa anual, que pese al compromiso electoral de crear un millón de empleos al año, el desempleo va en aumento y el Colegio de Economistas pronostica una caída del PIB del 5% para este año, (Reforma, 15 de abril).

Hoy, el consuelo de los economistas del gobierno mexicano -que no de los mexicanos- pudiera ser que su mal es de muchos, pues sus contrapartes norteamericanos no han hecho mejor papel. El famoso Alan Greenspan, por ejemplo, jefe de la Reserva Federal de Estados Unidos entre 1987 y 2006 y llamado por muchos "the maestro", se equivocó de cabo a rabo en su manejo de la tasa de interés, en su despreocupación ante el surgimiento y expansión de "burbujas" como la hipotecaria y en su irresponsable confianza -basada más en ideología que en realidades-, sobre el compromiso de "auto regulación" de las grandes instituciones financieras. Como todos sabemos, los grandes del crédito de ese mundo -Lehman Brothers, Bear Stearns, Goldman Sach, Merrill Lynch, AIG, Morgan Stanley, Wachovia, Citigroup, etcétera- especularon hasta reventar y la "autorregulación" resultó ser, en el mejor de los casos, un concepto vacío y, en el peor, un engaño criminal.

La incapacidad de predecir de los economistas que hoy le está costando al mundo entero billones de dólares -el cálculo del Fondo Monetario sobre las pérdidas financieras es de más de cuatro millones de millones (billones en español, trillones en ingles) de dólares, una cadena interminable de quiebras, millones de empleos desaparecidos y la frustración del futuro de una parte sustantiva de los jóvenes que en países ricos y pobres debieran estar entrando a laborar para empezar a ser los "arquitectos de su propio destino" pero que hoy tienen cerradas las puertas del mercado.

Alguien puede alegar que la falta no es realmente de los economistas sino de la ciencia económica que, como el resto de las ciencias sociales, está muy lejos de poseer exactitud en la definición de sus conceptos e hipótesis. Se puede argumentar en su descargo que pese a la aparente sofisticación de la econometría -que permitió a los economistas y tecnócratas reclamar sitio aparte en las ciencias sociales-, realmente sus supuestos básicos, como el de la competencia o la información perfectas, la racionalidad en el proceso de elección y otras, siempre fueron irreales. En suma, que la culpa no es de Ambrosio, sino de su carabina.

Mucho hay de imperfección en la economía como ciencia, pero pese a las fallas del instrumento siempre hubo un grupo de economistas, entre los que destacan Paul Krugman y Joseph Stiglitz, que empleando los mismos herramientas teóricas que sus colegas, predijeron en tiempos y términos adecuados, que la crisis venía. Particularmente interesante es el caso de Ravi Batra, un economista hindú formado en Escuela de Economía de Dehli y en la Southern Illinois University y que actualmente es profesor en la Southern Methodist University, en Dallas.

Batra, según algunos de sus admiradores, hace tiempo que debió de haber recibido el Nobel de economía, pero justamente por haber anunciado de tiempo atrás la crisis en que hoy se encuentra el sistema económico mundial y sus razones en al menos dos libros -Greenspan's Fraud, (Palgrave, 2005) y The New Golden Age: The Coming Revolution Against Political Corruption and Economic Chaos, (Palgrave, 2007)-, fue mal visto por el grueso de los profesionales de la economía. Examinando las ideas de Batra, es posible suponer que quizá la incapacidad de predicción del problema que hoy afecta a la economía mundial no se encuentra tanto en la ciencia económica misma sino en los economistas que la practican.

La idea central de Batra, tomada de uno de sus maestros en India, es que para hacer equivalente la oferta con la demanda -punto central de la teoría del equilibrio en el sistema económico-, un aumento en esa oferta cuyo origen es el aumento en la productividad del trabajo, debe ser compensado con un aumento equivalente en el aumento de la demanda mediante el alza de los salarios reales. Sin embargo, por años eso no ocurrió porque el grueso de los economistas en posición de poder, y siguiendo a Greenspan, argumentaron en contra de un aumento en los salarios reales (argumentaron que eran inflacionarios) y se salieron con la suya (en valor constante, el salario mínimo por hora en Estados Unidos era de 10 dls. en 1969 y de menos de 7 dls. en 2008).

Ahora bien, como los beneficios del aumento de la productividad se fueron para el capital y no para el trabajo, la única manera de evitar la crisis y hacer que la oferta igualara a la demanda, fue suplir la ausencia de aumento en los salarios reales con diferentes formas de crédito, con endeudamiento.

La tarea principal de Greenspan desde su posición de poder, fue facilitar hasta el extremo la posibilidad de más y más crédito bajando las tasas de interés e inyectando confianza en los mercados con su discurso. Con dinero barato en Estados Unidos, los consumidores de todas las clases sociales, excluyendo apenas a los realmente pobres, siguieron comprando casas, autos, muebles y toda clase de bienes de consumo, pero a crédito, endeudándose. De ahí el peculiar fenómeno de instituciones que ofrecían incluso a desempleados líneas de crédito para adquirir casas sin tener que pagar nada en el inicio. La industria de la construcción creció como la espuma y arrastró a la economía.

Y no sólo fue Greenspan el que alentó el endeudamiento como forma de vida en el país vecino del norte. Entre países también lo hizo China, al financiar el creciente déficit comercial norteamericano mediante la compra masiva de bonos del Tesoro de los Estados Unidos para alentar en ese país la adicción a importar sin exportar en la misma proporción.

El crecimiento vía deuda no puede ser permanente, en algún momento la realidad alcanza a las personas y a los países que sistemáticamente consumen más allá de lo que pueden pagar. Y justamente eso le ocurrió a Estados Unidos en el 2008. Y en su caída arrastró al resto del mundo, en particular a uno de sus principales socios comerciales: México.

En esencia, el análisis de Batra sostiene que dar a los asalariados el beneficio de los aumentos de la productividad no es sólo un asunto de justicia social, que lo es, sino también de buena teoría económica. Batra predijo que alrededor del año 2000 habría un gran crash en el mercado accionario; acertó, pero como no se hizo nada al respecto y luego hubo una falsa recuperación -simplemente se abarató aún más el crédito pero se mantuvo el esquema de todas las ventajas para el capital y castigo al trabajo-, entonces el terreno quedó preparado para la gran depresión del 2008, la actual.

Ojalá Batra también sea certero en su pronóstico sobre el futuro, en ese que señala que de las cenizas de un capitalismo basado en una distribución brutalmente inequitativa de los beneficios del crecimiento económico puede surgir un sistema diferente, más apegado a la realidad y a la justicia. Claro que esa transformación no se dará de manera automática, el capital va seguir defendiendo sus privilegios y se necesita que los afectados traduzcan su justa indignación en energía política y que ésta encuentre el liderazgo que la transforme en una fuerza constructiva.

Esto pareciera estar sucediendo ya en Estados Unidos, con el resultado de la última elección y el liderazgo de Barack Obama. Sin embargo, por ahora en México no hay nada equivalente al cambio que está teniendo lugar en el país vecino. Los mexicanos seguimos avanzando en el túnel; ojalá pronto veamos alguna luz que indique la posibilidad de una auténtica salida.

viernes, 10 de abril de 2009

Una sopa de su propio chocolate

Por: LORENZO MEYER

. ¿Y si Estados Unidos recibiera hoy el mismo trato que por años han impuesto a través de las organizaciones internacionales, a los países que, como México, se han visto obligados a pedir ayuda externa cuando sus problemas económicos alcanzan el punto de crisis? Es claro que eso no puede ser, entre otras cosas, porque Estados Unidos es una superpotencia, pero no está de más hacer un ejercicio de imaginación para subrayar el doble rasero que ha habido en este campo. Simon Johnson, economista en jefe del Fondo Monetario Internacional (FMI) entre 2007 y 2008, acaba de escribir un artículo donde hace justamente el ejercicio propuesto: someter a Estados Unidos al rigor que por decenios el FMI ha usado con sus "clientes". La idea está desarrollada en "The Quiet Coup" ("El golpe silencioso"), artículo que aparecerá en la revista The Atlantic y que puede ser consultado en: http://www.theatlantic.com/doc/200905/imf-advice.



. Johnson encuentra que son más las similitudes que las diferencias entre los países que acuden al FMI en busca de ese gran préstamo que les permita salir de un atolladero de balanza de pagos que, finalmente, es resultado de algún exceso cometido en el pasado no muy lejano. La receta, los mexicanos la sabemos bien, consiste en disminuir las importaciones, aumentar las exportaciones y seguir una política fiscal austera. Se trata de obligar al país en cuestión a ser frugal, a "vivir dentro de sus verdaderas posibilidades", a cambio de abreviarle su recesión.
Si la receta del FMI es conocida, también lo es su diagnóstico. Se trata, invariablemente, de los efectos que produce la captura del Gobierno por un grupo oligárquico que usa los privilegios del poder en contra del interés general. Si hasta no hace mucho ese tipo de política económica corrupta se asociaba con las "repúblicas bananeras", resulta que hoy también con Estados Unidos donde el infame, pero muy redituable "crony capitalism" ("capitalismo de compadres"), está más extendido de lo que se ha querido admitir.

. Para Johnson, el camino típico hacia la crisis en las economías emergentes, es así: la alianza Gobierno-grandes empresas lleva a que éstas diseñen planes muy ambiciosos de expansión, de ganancias enormes y fáciles mediante la obtención, por ejemplo, de contratos para obras públicas o de saltarse los reglamentos para lograr "oportunidades" de alto riesgo. Para los empresarios con las conexiones adecuadas, es relativamente fácil obtener recursos del sistema bancario nacional y extranjero para acelerar su acumulación de beneficios, pero tarde o temprano, la confianza excesiva les lleva a mal invertir, mal gastar y endeudarse más allá de lo razonable.
Es entonces cuando el riesgo aumenta y alguien empieza a dudar de la conveniencia de seguir adelante, se retira y el crédito disminuye. Ante la amenaza de recesión el Gobierno echa mano de sus reservas para ayudar a los favoritos en riesgo y, además, mantener la semblanza de normalidad, pero finalmente las reservas se agotan y es entonces cuando se acude, sombrero en mano, a pedir auxilio al FMI, socializar los costos, pasar la carga al ciudadano de a pie y sacrificar a algunos de los beneficiados. Esos sacrificados son los grupos oligárquicos más incompetentes o con las conexiones políticas más débiles, lo que crea tensiones dentro de la élite además de conflictos entre Gobierno y sociedad.

. La contrapartida real a lo descrito por Johnson se puede encontrar lo mismo en las varias experiencias mexicanas desde 1982 a la fecha -ejemplos actuales son los problemas de Cemex y Comercial Mexicana, el uso de las reservas para facilitarles dólares y el préstamo preventivo contratado con el FMI por 47 mil millones de dólares más la caída del PIB para este año, entre 2% y 4%- que en las crisis recientes de Rusia, Argentina, Corea del Sur, Malasia, etc.
Sin embargo, a esa lista hay que añadir hoy a Estados Unidos. En el caso de nuestro poderoso vecino, fue su élite financiera la que jugó el papel central en la creación de la actual crisis económica norteamericana -los créditos "tóxicos" ligados a la orgía de hipotecas sin sustento real- que en todo el proceso tuvo el respaldo implícito del Gobierno, especialmente del de George W. Bush. Los encargados de vigilar la legalidad de las operaciones hipotecarias en Estados Unidos simplemente "se quedaron dormidos al volante" y los banqueros de Wall Street aprovecharon al máximo ese descuido. Si entre 1973 y 1985 el grupo financiero norteamericano recibió el 16% de las ganancias del sector corporativo, en los 1990 su tajada fluctuó entre el 21% y 30% para, a inicios de este siglo, superar el 40%. Si entre 1948 y 1982 la paga de quienes trabajaron en la actividad financiera en el país del Norte osciló entre el 99% y el 108% respecto al promedio imperante en el sector privado, a partir de 1983 empezó a crecer más que el resto y para las vísperas de la crisis ya era de 181% respecto del promedio. Para entonces la fuente de la riqueza en Estados Unidos no estaba en producir -la desindustrialización fue vista con indiferencia e incluso como algo positivo- sino en especular: en crear y vender paquetes de documentos sin sustento económico real, los famosos "derivados". La divisa dejó de ser "lo que es bueno para General Motors es bueno para Estados Unidos" y fue sustituida por otra: "lo que es bueno para Wall Street es bueno para Estados Unidos". Finalmente, la voracidad de los banqueros llegó a su límite, la economía insignia del capitalismo entró en recesión y lo que fue bueno para Wall Street hoy no sólo es dañino para Estados Unidos sino, como un resultado no esperado de la globalización, para el resto del mundo.

La relación tan íntima entre los oligarcas de Wall Street y los políticos de Washington se ilustra bien, dice Johnson, con los casos de Robert Rubin, que de copresidente de Goldman Sachs pasó a secretario del Tesoro para regresar a Wall Street como presidente del comité ejecutivo de Citigroup, el de Henry Paulson, que de CEO de Goldman Sachs también pasó a secretario del Tesoro o el de John Snow que tras entregar esa secretaría a Paulson se convirtió en presidente de Cerberus Capital Management. Desde luego está el caso del famoso Alan Greenspan -gran arquitecto del desastre actual-, que de jefe de la Reserva Federal, pasó a ser consultor de Pimco, la mayor firma en el mercado internacional de bonos.

En 1956 el sociólogo norteamericano C. Wrigth Mills publicó su famosa obra La élite del poder, donde sostuvo que quien controlaba la política, la riqueza y la cultura de Estados Unidos era apenas un puñado de personas que intercambiaban sus puestos al frente de la estructura institucional. Medio siglo más tarde la tesis de Mills se sostiene.

. Hasta ahora, el Gobierno norteamericano ha respondido a la crisis como lo han hecho los de las "repúblicas bananeras": tratando de salvar a los grandes culpables -AIG, Bank of America, Citigroup, etc.- recapitalizándolos con dinero público. Sin embargo, apenas si se empezaría a hacer justicia si se aplicara a la inepta oligarquía financiera la receta que el FMI ha impuesto a muchos otros países irresponsables y que hoy Johnson o Paul Krugman -el economista, premio Nobel e intelectual público que desde hace años advirtió sobre las consecuencias del mal camino tomado por la economía norteamericana- proponen: nacionalizar todos los bancos en problemas, sanearlos -deshacerse de sus valores sin valor y de sus gerentes y directivos ineptos-, dividirlos en tantas partes como sea necesario para evitar que se repitan los males que acarrea la concentración excesiva de riqueza y venderlos. La banca norteamericana se opone a la nacionalización menos por principio y más por que se pondría al descubierto la enorme magnitud de sus pérdidas y su insolvencia, por eso prefiere endeudarse con el Gobierno. Pero eso no resuelve de raíz su problema ni permite que la banca vuelva a asumir su papel esencial, que no es especular sino facilitar crédito a las partes sanas de la economía para iniciar la recuperación.
Dada la interdependencia de la economía mundial y la centralidad en ésta de Estados Unidos, a todos nos va algo en el drama económico norteamericano. No estaría mal que finalmente el país vecino predicara hoy con el ejemplo y tomara esa sopa de su propio chocolate que por tanto tiempo nos dijo que era la única receta económica y moral que podía funcionar.

jueves, 2 de abril de 2009

Y por qué estamos donde estamos?

Por: LORENZO MEYER

"Cuando se pudo no se actuó. Se dijo que eso era política, cuando se trató de irresponsabilidad"

Lorenzo Meyer

El dicho popular que sostiene "el que la hace la paga" es expresión de un deseo, pero no reflejo de una realidad. Entre nosotros, lo más frecuente es que quien la hace no la pague y viceversa. En tanto que comunidad política, los mexicanos de hoy estamos pagando lo que otros -una minoría particularmente abusiva e irresponsable- hicieron con total impunidad.

En buena medida, los problemas que hoy nos aquejan, desde la inseguridad hasta la ausencia de crecimiento económico a lo largo del último cuarto de siglo, son un resultado no previsto de la estabilidad autoritaria que se instaló en México a partir de la II Guerra Mundial. La corrupción que caracterizó y benefició a varias generaciones de la clase política post revolucionaria, a sus aliados -los empresarios- y en menor medida a las clases medias, está pasando hoy su factura y con intereses.

Al examinar el siglo XX latinoamericano, México contrasta con el resto de la región. La insurrección política que se inició en nuestro país en 1910 se transformó en una guerra civil y finalmente, en una revolución social sin contrapartida en los otros países del subcontinente. Su coincidencia con la revolución bolchevique disminuyó un tanto la percepción del proceso mexicano como algo radical, pero lo que ocurrió entre 1910 y 1940 en México sí fue un esfuerzo de ruptura de fondo con el pasado. El nuevo régimen, entre otras cosas, echó al basurero histórico a la oligarquía del porfiriato, se alejó del liberalismo, reafirmó la laicidad del Estado, redistribuyó la tierra, alentó la organización sindical, dio al Estado el control de la riqueza petrolera y reivindicó como nunca antes el pasado indígena. Ahora bien, por lo que respecta a la fórmula política, el nuevo orden no remplazó a la dictadura personal de Díaz con la democracia sino con un autoritarismo organizado en torno a un partido de masas, corporativo y cuyo eje fue una Presidencia centralizadora cuyo único límite, después de 1928, fue la no-reelección.

El autoritarismo mexicano post revolucionario resultó todo un éxito para sus dirigentes pues, hasta 1989, cuando el PRI perdió Baja California, el poder local se mantuvo en manos del partido de Estado y a nivel federal ese monopolio sobrevivió hasta el año 2000. Para el conjunto de los empresarios también fue un buen tiempo, pues hasta 1982 el crecimiento del PIB fue del 6% anual en promedio -el "milagro mexicano"- y la clase media se acostumbró a dar por sentado que su futuro sería siempre mejor que su pasado. Para el gran capital el buen tiempo se prolongó, pues el neoliberalismo que nació en los 1980 afectó a los pequeños y medianos empresarios, pero no a las grandes concentraciones de capital montadas en alianzas políticas que se tradujeron en ventajas monopólicas.

Para Estados Unidos, la post Revolución Mexicana también fue un buen tiempo pues el vecino del sur se convirtió en el país más predecible al sur del Bravo. El presidente y el PRI tenían todo bajo control y las diferencias entre La Casa Blanca y Los Pinos fueron más simbólicas que sustantivas; podían ser irritantes, pero no peligrosas. En el mundo subdesarrollado donde Estados Unidos y la URSS libraron sus batallas, México resultó un oasis de seguridad.

La notable estabilidad de la vida pública mexicana del post cardenismo que tanto benefició a tan pocos -los Alemán, Hank González, Trouyet, Espinoza Iglesias, Garza Sada, Azcárraga, Jenkins, etcétera- estaba cimentada en la ausencia de límites entre Gobierno y partido oficial, en la ausencia de la división de poderes y en la presencia de poderes presidenciales metaconstitucionales y anticonstitucionales. Nadie podía llamar a cuentas al jefe del Ejecutivo y éste era el único que podía pedir cuentas a cualquiera, cobrarlas como le apeteciera y cuando le conviniera. Aparte de la no-reelección, sólo la falta de divisas limitaba la acción del jefe del Gobierno y del Estado.

No es de extrañar que esa peculiar realidad política que México vivió entre 1940 y finales del siglo, hiciera que el sistema post revolucionario -sus dirigentes y sus beneficiarios- se durmiera en sus laureles y no viera o no quisiera ver a tiempo las imperfecciones que hoy han llevado a que, dentro y fuera de México, se hable del país como un Estado con grandes fallas o, incluso, camino de ser fallido.

La lista de lo que pudo hacerse durante la Paz Priista y no se hizo es larga y es en buena parte responsable de la desagradable textura de nuestra vida política y social. En teoría, el proteccionismo económico de los cincuenta debió haber sido temporal, pues la teoría elaborada por la CEPAL era que poco a poco el Gobierno abriera las fronteras a la competencia del exterior para que los productores mexicanos se hicieran eficientes y generara las divisas que la industrialización incipiente demandaba cada vez en mayor cuantía. Esto simplemente no lo hizo y sólo hasta que estalló la gran crisis de 1982 se rompió la cómoda relación Gobierno-productores ineficientes.

Por un tiempo Washington insistió en que México debía renunciar al proteccionismo, pero dejó de presionar cuando sus inversionistas saltaron las barreras arancelarias y se instalaron entre nosotros para explotar directamente el mercado mexicano.

Desde los 1960 resultó claro que las finanzas públicas requerían de una reforma fiscal de fondo, pero ningún presidente se atrevió entonces ni ahora, a imponer o aumentar gravámenes a los que debían pagarlos. La distribución del ingreso era entonces muy injusta, pero con el tiempo ha empeorado. La Constitución prohibió los monopolios, pero a ciertos presidentes les convino propiciarlos; hoy la OCDE nos dice que es indispensable acabar con ellos para reiniciar el crecimiento, pero aún no aparece el político que tenga el valor de hacerlo.

En el porfiriato se empezó a profesionalizar a la Policía mexicana, pero el nuevo régimen abandonó la tarea. A la Policía sólo se le exigió eficacia contra los enemigos políticos del régimen sin parar mientes en los medios para lograrlo. A ningún presidente se le ocurrió ir más allá y crear una Policía realmente profesional, entre otras cosas porque habría que destinarle recursos y los resultados sólo se verían en sexenios posteriores; además, una Policía de verdad podría ser menos fácil de manipular. El resultado es lo que hoy, cuando el Estado realmente está urgido de profesionales que confronten al crimen organizado -narcotraficantes, secuestradores, bandas de ladrones- simplemente no los tiene y debe recurrir al Ejército para que haga las veces de una Policía que ya no es parte de la solución sino del problema, pues a su ineficacia suma su corrupción.

Y qué decir de los ministerios públicos y de todo el sistema de justicia. Por decenios aquellos que el presidente o los gobernadores deseaban que no fueran tocados y los que podían pagar lograban lo que querían, no importó que el 95% de los delitos quedara impune. Por largo tiempo las élites no se vieron en la necesidad de decirle en público a los responsables políticos: "si no pueden, renuncien" porque el crimen aún no desbordaba los límites clasistas, pero ahora ya lo hizo, los supuestos responsables de la seguridad ni pueden ni renuncian.

El Ejército y la Armada mismos, mientras sirvieron para enfrentar a la Oposición partidista -a los henriquistas, por ejemplo-, a la izquierda guerrillera o aplastar manifestaciones de estudiantes, poco hizo el régimen autoritario por su mejorar su preparación y su paga y a pocos les importaba las deserciones. Hoy los zetas se nutren, en parte, de esos ex militares desafectos.

La educación es hoy otra área de desastre cuya raíz está en un ejército de maestros mal pagados y mal preparados a los cuales la clase política no vio como el primer y gran instrumento para preparar a los jóvenes y crear el capital humano del que hoy carecemos para ganar el futuro. No, a los maestros se les vio y retribuyó en función del SNTE: una sólida falange del PRI; su carácter de educadores fue relegado y el resultado hoy son las pésimas notas de los estudiantes mexicanos cuando se someten a exámenes de carácter internacional.

La lista de irresponsabilidades del pasado puede aumentar, pero no es necesario ponerla toda para sostener una conclusión tan sencilla como trágica: durante la segunda mitad del siglo XX los dirigentes mexicanos, al no tener que rendir cuentas ante los ciudadanos, dejaron pasar los momentos en que debieron actuar como estadistas y se comportaron como meros oportunistas, sin sentido de la responsabilidad. Hoy todos estamos pagando por ello.