Por: Lorenzo Meyer
AGENDA CIUDADANA
Registrar el Pasado. Hace más de siglo y medio el historiador escocés Thomas Carlyle, apoyándose en Montesquieu, declaró: “¡Feliz el pueblo cuyos anales son un espacio en blanco en los libros de historia!”. Si realmente esa falta de memoria histórica fuera un indicador de felicidad colectiva, tendríamos que concluir que los mexicanos estamos condenados a ser infelices, pues nuestros anales históricos conforman ya una cantidad más que respetable. Si los códices prehispánicos no hubieran sido destruidos sistemáticamente y se pudieran añadir a lo publicado sobre México desde el siglo XVI, se requeriría una auténtica megabiblioteca para albergarlos.
Afortunadamente, lo afirmado por Carlyle en torno al registro del pasado de un pueblo fue sólo el desahogo ingenioso de un historiador. En la realidad, nuestra felicidad colectiva puede depender de muchas cosas, pero nunca de olvidar nuestro pasado. La tarea de crear, ensanchar y ahondar en la memoria colectiva, es un esfuerzo intelectual complejo, indispensable e insustituible para mantener la identidad nacional; conocer el pasado es parte de la explicación del presente y un elemento esencial para enfrentar el futuro.
Visión General. Una porción del trabajo de los historiadores consiste en la investigación minuciosa de temas muy puntuales y que tienen como destino a otros especialistas. Otra parte es la elaboración de interpretaciones generales que asimilan los innumerables trabajos de expertos para ofrecer esa “gran visión” tan necesaria para la construcción de la conciencia ciudadana. Para llegar a la generalización o reducción inteligente y educada es necesario que antes se haya sido capaz de dominar la investigación especializada y a profundidad. Ese es el caso de Enrique Florescano que, junto a Francisco Eissa, acaban de publicar un Atlas histórico de México, (Aguilar, 2008), de una concepción inteligente, de diseño e impresión de gran calidad y una eficacia contundente.
Importancia. Al discutir el surgimiento del sentimiento nacionalista contemporáneo, Benedict Anderson en su influyente Imagined Communities, (3ª ed., 1991), resalta la necesidad que los colonialistas occidentales tuvieron de reproducir masivamente mapas y otros documentos gráficos de sus dominios y que éstos terminaron por ser instrumentos al servicio de los nacionalistas y anticolonialistas, pues a ojos de los sometidos esos documentos hicieron “real” el contorno y las características de una comunidad que hasta entonces no habían imaginado y fue un paso en la construcción de las nuevas naciones. Los atlas son desde entonces, y entre otras cosas, instrumentos esenciales para fijar la idea de la nación o la patria y su complejidad social, económica, política y cultural, pues la experiencia individual nunca podrá abarcar todo lo que la imaginación educada sí puede.
En la obra de Florescano y Eissa, el lector tiene la posibilidad de hacer un recorrido de miles de años por lo que hoy es México a través de 267 páginas ricamente ilustradas y cobrar conciencia de los procesos de cambio físico y social de lo que hoy es nuestro país. Este viaje a través de mapas y estadísticas, dibujos, grabados, pinturas, fotografías y, desde luego, textos –aquí la imagen sólo cobra pleno sentido en compañía de la palabra-, lleva a quien se adentre en el Atlas, desde las etapas de la formación geológica continental hasta el México actual, pasando por un centenar de temas de naturaleza básicamente social.
Lo social es el meollo de la obra y abarca desde culturas prehispánicas hasta migraciones actuales, del proceso de la Conquista europea a la infraestructura de riego de la agricultura actual, de la configuración de la Administración colonial al mapa electoral vigente, del desarrollo regional de la guerra de independencia a la red carretera presente, de la notable extensión física del I Imperio a la contracción que significó la firma del Tratado de Guadalupe-Hidalgo en 1848 o de la traza colonial de la Ciudad de México a la que tiene hoy.
Interpretación. En el siglo XIX, otro gran historiador y contemporáneo de Carlyle, el alemán Leopold von Ranke, consideró posible escribir una historia que no juzgara ni pretendiera instruir al presente sobre la naturaleza del futuro sino que sólo “contara lo que pasó”. Sin embargo, esa historia “objetiva” no existe, ni ha existido. Nadie puede reconstruir a plenitud y con exactitud lo que sucedió -son tantas las variables que intervienen en el drama colectivo que es imposible identificarlas a todas y darles su valor exacto- ni historiador alguno puede evitar que sus valores e intereses influyan en sus temas y enfoques. Así pues, no hay historia inocente, pero el buen historiador está obligado a intentar ese imposible que es la objetividad y este Atlas histórico de México lo intenta, y en ese empeño está uno de sus valores.
La Forma y el Fondo. El mapa, la fotografía, el dibujo o la pintura unidos por el texto son la forma. En este caso el texto central es breve, pero sustantivo. Las cifras y las estadísticas -condensación cuantitativa de lo cualitativo- son abundantes y numerosos los recuadros sobre temas puntuales, incluso anecdóticos, que funcionan como la sal y pimienta de la gran visión: cómo surgió el maíz, la concepción de la mujer en la Colonia, la breve biografía de Francisco Zarco en el siglo XIX o cómo y cuándo apareció el cuarto de baño en las casas particulares de los “pudientes” en el Porfiriato, por ejemplo.
Si la forma del Atlas es irreprochable, el fondo es aristotélico: busca el justo medio entre los enfoques conservadores y los radicales. En el México prehispánico privilegia las “altas culturas”, de los olmecas a los aztecas, pasando por mayas, teotihuacanos, tarascos, etcétera y deja en claro lo mucho que aún no se sabe y debe investigarse sobre nuestros orígenes. La Conquista se aborda de forma ortodoxa y por ello casi no toca el enorme drama que debió significar para una civilización original y absolutamente devota a sus dioses, la magnitud de su caída. En contraste, la larga época colonial se presenta con un alto grado de complejidad: la nunca concluida conquista del Norte, las rebeliones indígenas, los laberintos de la Administración civil y religiosa, las diferentes estructuras económicas, el comercio exterior, etc. El énfasis, los autores en la vida urbana en una sociedad que fue fundamentalmente rural lleva a echar de menos a la Nueva España de la mayoría: la de los pueblos y las comunidades indígenas.
La lucha que estalló en 1810 cuenta con suficientes datos y mapas de las campañas como para seguirlas puntualmente, pero también para definirlas como un conflicto que realmente fue significativo sólo en el centro de lo que en poco tiempo empezaría a ser México. Y en ese primer México –el del siglo XIX- los autores nos dicen e ilustran bastante los efectos de los conflictos de la nueva nación con el exterior aunque no dice mucho sobre uno de sus protagonistas centrales: el Ejército.
Donde se descarga el peso de esta historia es en ese período donde ya hay el inicio de la conjunción entre Estado y nación: el Porfiriato. Es ahí donde el Atlas recrea mejor la complejidad política, económica, social cultural de su objeto. La Revolución Mexicana tiene un espacio similar al de la Independencia y los autores la toman de 1910 hasta los 1930; casi todos los temas centrales están tratados –las grandes contradicciones sociales y luchas- pero se echa de menos el contexto externo. Un lector desprevenido no se percataría de que el campo de maniobra de ese México ya estaba muy limitado por la transformación del país vecino del Norte en una gran potencia imperial.
Para Florescano y Eissa, la Revolución Mexicana termina y se inicia el México moderno con el Cardenismo. Sin embargo, ese singular momento de la izquierda mexicana se resume apenas en una página y en los márgenes de otra. La expropiación petrolera recibe dos menciones con un total de treinta y cuatro palabras.
Aquí hay un ejemplo de interpretación sujeta a debate de nuestra historia. Obviamente, es el México moderno el que ocupa el espacio mayor con abundancia de cifras, mapas y gráficas, todas pertinentes.
En lo actual, el énfasis está en lo social y en lo económico. Lo político aparece como trasfondo y temas tan álgidos como justicia, crimen, inseguridad o narcotráfico quedaron fuera.
En Suma. No hay historia inocente y menos en épocas tan crispadas y polarizadas como la nuestra, pero hay mucha historia.
Y esta última sólo puede ser accesible y útil para la mayoría si está bien narrada, documentada e ilustrada, como es el caso de este magnífico Atlas histórico de México de Florescano y Eissa.
jueves, 29 de enero de 2009
jueves, 22 de enero de 2009
Obama o cambio de guardia en el imperio
Por: Lorenzo Meyer
AGENDA CIUDADANA
“Todo cambio mayor en Estados Unidos abre la posibilidad de otro en igual sentido en su conducta hacia el resto del mundo” Lorenzo Meyer
Significado. En principio, y debido a su posición de hiperpotencia tras su triunfo en la Guerra Fría, cualquier evento que incide en la conducción política de Estados Unidos tiene reverberaciones en el resto del mundo. Desde una óptica optimista, se puede arribar a una conclusión positiva: si hoy el presidente de la principal potencia mundial es un político inteligente y bien educado a la vez que mulato, nacido en el seno de una familia de clase media que llegó a pasar serios aprietos económicos, donde faltó la figura paterna, se educó a base de becas y ganó la grande sostenido por una carrera muy corta, entonces los tiempos norteamericanos son propicios para cambios en la política exterior.
De entrada, hasta el observador escéptico tendría que admitir que el cambio de guardia que acaba de tener lugar en Estados Unidos indica que la cultura política de ese país tiene capacidad de transformación. Ahora bien, si se es pesimista, entonces lo que destaca del éxito de Barack Obama es que a Estados Unidos le tomó más de dos siglos y 44 cambios de la estafeta presidencial, hacer realidad el supuesto básico de su democracia: la libertad y la igualdad de los seres humanos. Una democracia como la norteamericana que desde su fundación y hasta casi ayer convivió con la esclavitud primero y la discriminación racial después y que apenas hoy es capaz de hacer realidad lo propuesto por Martin Luther King –juzgar a los individuos por el contenido de su carácter y no por el color de la piel-, es un sistema que puede convivir por largo tiempo con contradicciones de fondo entre sus principios y sus prácticas.
Como sea que se tome el inicio de la presidencia de Obama, es claro que acabamos de ser testigos de un cambio significativo. Para el resto de los miembros del sistema mundial, se abre ahora una interrogante que pronto empezará a ser despejada: ¿hasta qué punto las fuerzas de la transformación en Estados Unidos se reflejarán en su política exterior y hasta dónde los viejos intereses imperiales van a resistir el espíritu de cambio encarnado por el primer presidente afroamericano?
¿Qué tan Lejos se Puede Ir? Una visión pesimista subrayaría que los intereses norteamericanos en el exterior son enormes, que los imperativos de la política de toda gran potencia son los del poder y que éstos siempre se sobreponen a consideraciones tan epidérmicas –literalmente- como el color de la piel de sus dirigentes o las diferencias en las plataformas electorales de sus partidos. En fin, que el imperio es el imperio, lo encabece quien sea. En contraste, la perspectiva optimista puede señalar que en materia del cambio político no hay compartimentos estancos, que la transformación puede empezar por el discurso, pero luego puede reflejarse en las instituciones y en la conducta externa, y si bien no con la misma intensidad sí en la misma dirección.
Bases del Optimismo (Ligero). Efectivamente, el imperio es el imperio y su lógica trasciende a la coyuntura, pero la historia muestra que en épocas de crisis múltiples como la actual, la actitud del Gobierno norteamericano hacia su entorno externo puede experimentar cambios significativos. Vale pues la pena examinar lo ocurrido cuando nuestro vecino del Norte se enfrentó a su anterior crisis económica de gran envergadura –la que estalló a fines de 1929- y se vio forzado a llevar a cabo cambios internos de fondo que terminaron por tener efectos en el exterior. Evidentemente la historia nunca se repite y el equivalente de lo que sucedió en los 1930 en Washington no tiene por qué volver a darse, sin embargo estudiar lo acontecido entonces puede ser una guía en torno a posibilidades y límites del cambio actual.
Roosevelt, el New Deal y la Buena Vecindad. Cuando estalló la Gran Depresión de 1929 los republicanos y su política conservadora ya habían marcado el ritmo de la vida pública por tres presidencias consecutivas –las de Warren Harding, Calvin Coolidge y Herbert Hoover- y el sistema capitalista sufrió un colapso que puso en duda su viabilidad misma. Ante el pasmo de la Administración de Hoover, el Partido Demócrata nombró como candidato y logró el triunfo de un aristócrata de cincuenta años -Franklin D. Roosevelt- que se comprometió a sacar a Estados Unidos de la crisis. Su programa –el New Deal (Nuevo Trato para el Hombre Olvidado)- no tuvo en el inicio la coherencia que hoy muestra el de Obama, pero sí una raíz similar: la voluntad de usar el poder y la iniciativa del Gobierno para reanimar a la economía mediante el gasto público. El corazón del proyecto era sustituir al “dejar hacer, dejar pasar” del liberalismo clásico por un Estado interventor, capaz de acometer una doble tarea: por un lado, detener la caída de la economía para volverla a hacer una creadora de empleos y, por el otro, reformar las estructuras de la industria, la agricultura y las finanzas, además de dar forma a una legislación laboral que limara la dureza del choque de intereses entre el capital y el trabajo. Al final, y pese a sus errores, el New Deal dio por resultado la creación del “Estado Benefactor” norteamericano que se mantuvo vigente desde entonces hasta su crisis en los 1970. Para esta fecha, y con el ala más conservadora de los republicanos de nuevo en el poder, la política norteamericana no buscó la reforma de ese “Estado Benefactor” sino desmantelarlo y sustituirlo por un “Estado Mínimo” que no estorbara la supuesta creatividad de las fuerzas del mercado. De esta forma, Estados Unidos sería la sociedad que guiara al mundo a una era dominada por un capitalismo global y sin cortapisas. En la práctica esa política desembocó en una sociedad donde el predominio de la “razón del mercado” concluyó con la actual crisis general de la economía y con una desigualdad social que se asemeja a la de hace un siglo.
En materia de política internacional, el acompañante del New Deal fue la Política de la Buena Vecindad (en realidad, el lema fue de Hoover, pero nunca llegó a darle contenido). La idea central fue modificar el espíritu y la práctica que entonces dominaba en la relación de las dos américas –el unilateralismo imperial- y que se expresaba, por ejemplo, en la invasión norteamericana de Nicaragua y la guerra de seis años de los marines contra “los bandidos” sandinistas. En contraste, y no sin dificultades, Roosevelt y su “Buena Vecindad” buscaron la seguridad de la posición hegemónica norteamericana en el Hemisferio mediante la confluencia de intereses. El resultado fue una negociación entre el tiburón y las sardinas que llevó a la adopción del principio de la no-intervención unilateral de un país en los asuntos de otro como la base fundamental de la política interamericana.
México fue uno de grandes beneficiados por ese cambio, pues cuando sus intereses chocaron con los norteamericanos por las expropiaciones agrarias y petroleras del cardenismo, Washington se contuvo en su reacción, no desestabilizó al Gobierno de Cárdenas y la soberanía mexicana se fortaleció. Cuando estalló la II Guerra Mundial, y a diferencia de lo que había sucedido en la primera, México pudo cooperar de manera efectiva y genuina con su vecino del Norte.
Obama. Desde su independencia y hasta los 1920, Estados Unidos favoreció el unilateralismo como base de su política exterior. Con la II Guerra, e inmediatamente después con la Guerra Fría, Washington forjó alianzas y un cierto multilateralismo. Pero finalmente, tras la desaparición de la URSS, Bush y sus neoconservadores se declararon desafiantemente unilateralistas e invadieron Irak con pretextos falsos.
En contraste, en su discurso de toma de posesión, el presidente Obama prometió que su país, aunque poderoso, no puede protegerse sin el auxilio de los demás ni su poder le autoriza a hacer lo que se le venga en gana. “Nuestra seguridad –dijo- emana de la justicia de nuestra causa, de la fuerza de nuestro ejemplo, de las cualidades atenuantes de la humildad y de la contención”.
Humildad y contención son dos conceptos opuestos a la concepción agresiva y unilateral en extremo del grupo neoconservador que diseño la política exterior de Bush –Dick Cheney, Condoleezza Rice, Paul Wolfowitz, Donald Rumsfeld y el resto de los llamados “Vulcanos”. El fracaso norteamericano en Irak, el pantano de Afganistán, el prohibitivo costo de esas guerras para una economía estadounidense en recesión más la visión de Obama sobre cómo será su relación con el resto del mundo, permite hoy abrigar un cauto optimismo en torno a las posibilidades de un líder de buena voluntad y con gran respaldo social, para moderar la conducta del imperio americano en el futuro inmediato. Ojalá sea el caso.
AGENDA CIUDADANA
“Todo cambio mayor en Estados Unidos abre la posibilidad de otro en igual sentido en su conducta hacia el resto del mundo” Lorenzo Meyer
Significado. En principio, y debido a su posición de hiperpotencia tras su triunfo en la Guerra Fría, cualquier evento que incide en la conducción política de Estados Unidos tiene reverberaciones en el resto del mundo. Desde una óptica optimista, se puede arribar a una conclusión positiva: si hoy el presidente de la principal potencia mundial es un político inteligente y bien educado a la vez que mulato, nacido en el seno de una familia de clase media que llegó a pasar serios aprietos económicos, donde faltó la figura paterna, se educó a base de becas y ganó la grande sostenido por una carrera muy corta, entonces los tiempos norteamericanos son propicios para cambios en la política exterior.
De entrada, hasta el observador escéptico tendría que admitir que el cambio de guardia que acaba de tener lugar en Estados Unidos indica que la cultura política de ese país tiene capacidad de transformación. Ahora bien, si se es pesimista, entonces lo que destaca del éxito de Barack Obama es que a Estados Unidos le tomó más de dos siglos y 44 cambios de la estafeta presidencial, hacer realidad el supuesto básico de su democracia: la libertad y la igualdad de los seres humanos. Una democracia como la norteamericana que desde su fundación y hasta casi ayer convivió con la esclavitud primero y la discriminación racial después y que apenas hoy es capaz de hacer realidad lo propuesto por Martin Luther King –juzgar a los individuos por el contenido de su carácter y no por el color de la piel-, es un sistema que puede convivir por largo tiempo con contradicciones de fondo entre sus principios y sus prácticas.
Como sea que se tome el inicio de la presidencia de Obama, es claro que acabamos de ser testigos de un cambio significativo. Para el resto de los miembros del sistema mundial, se abre ahora una interrogante que pronto empezará a ser despejada: ¿hasta qué punto las fuerzas de la transformación en Estados Unidos se reflejarán en su política exterior y hasta dónde los viejos intereses imperiales van a resistir el espíritu de cambio encarnado por el primer presidente afroamericano?
¿Qué tan Lejos se Puede Ir? Una visión pesimista subrayaría que los intereses norteamericanos en el exterior son enormes, que los imperativos de la política de toda gran potencia son los del poder y que éstos siempre se sobreponen a consideraciones tan epidérmicas –literalmente- como el color de la piel de sus dirigentes o las diferencias en las plataformas electorales de sus partidos. En fin, que el imperio es el imperio, lo encabece quien sea. En contraste, la perspectiva optimista puede señalar que en materia del cambio político no hay compartimentos estancos, que la transformación puede empezar por el discurso, pero luego puede reflejarse en las instituciones y en la conducta externa, y si bien no con la misma intensidad sí en la misma dirección.
Bases del Optimismo (Ligero). Efectivamente, el imperio es el imperio y su lógica trasciende a la coyuntura, pero la historia muestra que en épocas de crisis múltiples como la actual, la actitud del Gobierno norteamericano hacia su entorno externo puede experimentar cambios significativos. Vale pues la pena examinar lo ocurrido cuando nuestro vecino del Norte se enfrentó a su anterior crisis económica de gran envergadura –la que estalló a fines de 1929- y se vio forzado a llevar a cabo cambios internos de fondo que terminaron por tener efectos en el exterior. Evidentemente la historia nunca se repite y el equivalente de lo que sucedió en los 1930 en Washington no tiene por qué volver a darse, sin embargo estudiar lo acontecido entonces puede ser una guía en torno a posibilidades y límites del cambio actual.
Roosevelt, el New Deal y la Buena Vecindad. Cuando estalló la Gran Depresión de 1929 los republicanos y su política conservadora ya habían marcado el ritmo de la vida pública por tres presidencias consecutivas –las de Warren Harding, Calvin Coolidge y Herbert Hoover- y el sistema capitalista sufrió un colapso que puso en duda su viabilidad misma. Ante el pasmo de la Administración de Hoover, el Partido Demócrata nombró como candidato y logró el triunfo de un aristócrata de cincuenta años -Franklin D. Roosevelt- que se comprometió a sacar a Estados Unidos de la crisis. Su programa –el New Deal (Nuevo Trato para el Hombre Olvidado)- no tuvo en el inicio la coherencia que hoy muestra el de Obama, pero sí una raíz similar: la voluntad de usar el poder y la iniciativa del Gobierno para reanimar a la economía mediante el gasto público. El corazón del proyecto era sustituir al “dejar hacer, dejar pasar” del liberalismo clásico por un Estado interventor, capaz de acometer una doble tarea: por un lado, detener la caída de la economía para volverla a hacer una creadora de empleos y, por el otro, reformar las estructuras de la industria, la agricultura y las finanzas, además de dar forma a una legislación laboral que limara la dureza del choque de intereses entre el capital y el trabajo. Al final, y pese a sus errores, el New Deal dio por resultado la creación del “Estado Benefactor” norteamericano que se mantuvo vigente desde entonces hasta su crisis en los 1970. Para esta fecha, y con el ala más conservadora de los republicanos de nuevo en el poder, la política norteamericana no buscó la reforma de ese “Estado Benefactor” sino desmantelarlo y sustituirlo por un “Estado Mínimo” que no estorbara la supuesta creatividad de las fuerzas del mercado. De esta forma, Estados Unidos sería la sociedad que guiara al mundo a una era dominada por un capitalismo global y sin cortapisas. En la práctica esa política desembocó en una sociedad donde el predominio de la “razón del mercado” concluyó con la actual crisis general de la economía y con una desigualdad social que se asemeja a la de hace un siglo.
En materia de política internacional, el acompañante del New Deal fue la Política de la Buena Vecindad (en realidad, el lema fue de Hoover, pero nunca llegó a darle contenido). La idea central fue modificar el espíritu y la práctica que entonces dominaba en la relación de las dos américas –el unilateralismo imperial- y que se expresaba, por ejemplo, en la invasión norteamericana de Nicaragua y la guerra de seis años de los marines contra “los bandidos” sandinistas. En contraste, y no sin dificultades, Roosevelt y su “Buena Vecindad” buscaron la seguridad de la posición hegemónica norteamericana en el Hemisferio mediante la confluencia de intereses. El resultado fue una negociación entre el tiburón y las sardinas que llevó a la adopción del principio de la no-intervención unilateral de un país en los asuntos de otro como la base fundamental de la política interamericana.
México fue uno de grandes beneficiados por ese cambio, pues cuando sus intereses chocaron con los norteamericanos por las expropiaciones agrarias y petroleras del cardenismo, Washington se contuvo en su reacción, no desestabilizó al Gobierno de Cárdenas y la soberanía mexicana se fortaleció. Cuando estalló la II Guerra Mundial, y a diferencia de lo que había sucedido en la primera, México pudo cooperar de manera efectiva y genuina con su vecino del Norte.
Obama. Desde su independencia y hasta los 1920, Estados Unidos favoreció el unilateralismo como base de su política exterior. Con la II Guerra, e inmediatamente después con la Guerra Fría, Washington forjó alianzas y un cierto multilateralismo. Pero finalmente, tras la desaparición de la URSS, Bush y sus neoconservadores se declararon desafiantemente unilateralistas e invadieron Irak con pretextos falsos.
En contraste, en su discurso de toma de posesión, el presidente Obama prometió que su país, aunque poderoso, no puede protegerse sin el auxilio de los demás ni su poder le autoriza a hacer lo que se le venga en gana. “Nuestra seguridad –dijo- emana de la justicia de nuestra causa, de la fuerza de nuestro ejemplo, de las cualidades atenuantes de la humildad y de la contención”.
Humildad y contención son dos conceptos opuestos a la concepción agresiva y unilateral en extremo del grupo neoconservador que diseño la política exterior de Bush –Dick Cheney, Condoleezza Rice, Paul Wolfowitz, Donald Rumsfeld y el resto de los llamados “Vulcanos”. El fracaso norteamericano en Irak, el pantano de Afganistán, el prohibitivo costo de esas guerras para una economía estadounidense en recesión más la visión de Obama sobre cómo será su relación con el resto del mundo, permite hoy abrigar un cauto optimismo en torno a las posibilidades de un líder de buena voluntad y con gran respaldo social, para moderar la conducta del imperio americano en el futuro inmediato. Ojalá sea el caso.
viernes, 16 de enero de 2009
Gaza
Por: Lorenzo Meyer
AGENDA CIUDADANA
‘“Los infiernos en la Tierra’ como Gaza hoy, nos conciernen a todos porque a todos nos degradan”.
Campana. El tema del conflicto en Palestina es un terreno política y moralmente minado. La prudencia aconseja evitarlo, pero incluso esa decisión conlleva un costo, pues la carnicería es ya espeluznante –alrededor de mil muertos, de los cuales un buen número es de niños y mujeres. Y siempre que doblan por muerto las campanas, doblan por cada uno de nosotros.
La naturaleza de la lucha La violencia en Gaza, nos recuerda The Economist, es parte de una guerra que ya dura cien años. De un lado está hoy el ejército del Estado de Israel, pero del otro lado está un no-Estado: una sociedad que tiene una autoridad democráticamente electa, pero que sus instituciones no son parte de un Estado pues carecen de sus atributos esenciales: soberanía y control del territorio. Un cardenal, Renato Martino, presidente del Consejo para la Paz y la Justicia, definió a Gaza como un campo de concentración; ante la protesta de Israel, el Vaticano declaró “inoportuna” esa caracterización. ¿Conviene entonces definir a Palestina como un territorio ocupado? Sí, pero sólo de manera intermitente y, en cualquier caso, su ocupante no asume la responsabilidad de lo que hoy sucede ahí. Como sea, hoy Gaza es una sociedad bajo ataque, bloqueada y sin viabilidad.
Es justamente la ambigüedad de la naturaleza política de los palestinos, de sus derechos y deberes donde reside una de las raíces del problema -de la tragedia-, que está teniendo lugar ante nuestros ojos y donde la comunidad internacional está jugando, básicamente, el papel de espectador, pues los pronunciamientos de la ONU para detener el fuego no tienen efecto práctico alguno.
Palestina. En los tiempos bíblicos Palestina fue el asiento del pueblo de Israel, pero desde el 722 a. C. la región ha sido dominada por asirios, babilonios, persas, macedonios (y sus sucesores), romanos, bizantinos, árabes, los cruzados, turcos y, finalmente, tras la Primera Guerra Mundial, ingleses. Se trata de una tierra de muchos soberanos, pero pocas veces soberana.
La construcción de los estados nacionales modernos en el Oriente Medio es una historia muy complicada. Tras la destrucción del Imperio Otomano a inicios del siglo XX, la influencia colonial de Inglaterra y Francia en el Oriente Medio fue el detonante que llevó a la construcción de Estados nuevos en sociedades viejas, pero donde faltaban los elementos necesarios para que desembocara en entidades nacionales viables.
Egipto sí tenía una “personalidad nacional” relativamente definida, pero incluso ahí fue difícil dilucidar si incorporaba o no al Sudán. En otros casos el problema ha sido mayor: la nación es aún algo muy frágil: una amalgama social que aún no acaba de cuajar, como es el caso notorio de Irak, un país donde aún son muy visibles y antagónicos sus componentes shiitas, sunitas o kurdos.
Lo que Pudo Ser y no Fue. Tras la Segunda Guerra Mundial, los fragmentos del antiguo Imperio Otomano hicieron a un lado la tutela colonial de los sucesores de los turco: los imperios europeos –Francia e Inglaterra- y se lanzaron a la aventura de la creación y consolidación del Estado-nacional pese a no contar con algunos de los elementos esenciales para tamaña empresa. Por otra parte, en Europa había una auténtica nación, pero que carecía de asiento geográfico: la judía. Por ello desde 1917 los británicos, vía la llamada “Declaración Balfour” -James Balfour estaba al frente de la Foreign Office británica- habían declarado su aceptación al establecimiento de un “hogar nacional” judío en Palestina. Como es frecuente con los imperios, esa decisión del Gobierno de Londres no fue consultada en toda su profundidad con los afectados: los palestinos, y ahí quedó sembrada la semilla de un conflicto que ya había empezado a darse.
La increíble, inaceptable y brutal política alemana de exterminio del pueblo judío hizo que al concluir la Segunda Guerra Mundial la comunidad internacional, en particular Estados Unidos, y vía las Naciones Unidas, aceptara las exigencias de la comunidad judía para hacer realidad ese hogar nacional que se veía como condición indispensable para que no volviera a ocurrir el horror del Holocausto. El problema fue que los palestinos no aceptaron ser los que pagaran las culpas de quienes se habían ensañado por siglos con los judíos: los europeos -desde los Reyes Católicos hasta los rusos para culminar con Hitler. Sin embargo, para los vencedores de los nazis resultó que la opción menos difícil fue usar a Palestina para satisfacer la necesidad de un territorio para el Estado judío. Con dos mil años de diferencia, los judíos volverían a donde habían salido.
En 1947, las Naciones Unidas decidieron partir a la región palestina y crear dos entidades: por un lado estaría la judía y por el otro la palestina. Los afectados, apoyados por los nuevos estados árabes, se negaron a aceptar esa decisión y el resultado fue la proclamación unilateral del Estado de Israel en 1948, lo que ha dado lugar a tres guerras entre árabes e israelíes -1948, 1967 y 1979- y a numerosos incidentes. A la creación del Estado Judío no le siguió la de su contraparte: la del Estado Palestino; primero porque los palestinos no aceptaron y hoy porque tampoco los israelíes tienen interés en ello, ya que deberán devolver tierras ocupadas.
Justicia Imposible. La satisfacción de la justa demanda de la nación judía de contar con un Estado engendró una nueva injusticia –despojar a los palestinos- y ya no fue posible encontrar una solución genuinamente justa. Así lo entendió el Gobierno Mexicano desde el inicio. En 1947 el delegado mexicano en la ONU se abstuvo de participar en los debates y en la votación en torno a la creación de un Estado Nacional Judío en Palestina. En abril de ese año nuestra Cancillería consideró que México saldría perdiendo si rompía lanzas a favor de judíos o palestinos. “A los primeros no les asiste la razón, pero tienen a su favor el sentimiento humanitario que despierta la persecución que han sufrido durante siglos… Los árabes, por su parte, cuentan a su favor con la poderosa razón de su derecho a unos territorios que ocupan desde hace dos mil años…” (citado por Arturo Magaña “México ante el conflicto árabe-israelí, 1932-1976”, tesis, El Colegio de México, 2006).
Tres guerras y muchos incidentes después, el corazón del problema sigue siendo el mismo: el sentido de injusticia y humillación de los palestinos y la necesidad de un Estado judío seguro.
El Problema del Estado. Israel justifica su invasión actual de Gaza -una zona pequeña, densamente poblada y en la que es simplemente imposible actuar con violencia sin dañar a la población civil- por la necesidad de desmantelar la capacidad de la organización Hamas de lanzar cohetes –no particularmente efectivos- contra territorio israelí. Pero la acción israelí también se inscribe en el contexto del estrangulamiento de Gaza y de la pequeña política: una elección en Israel y la conveniencia de confrontar a Estados Unidos, su aliado más importante, con un fait accompli antes de que tome posesión su nuevo presidente. Sin embargo, si bien las dos partes en conflicto reclaman para sí la justicia de su causa, es la combinación de la parte de razón que asiste a los palestinos con la asimetría de poder y la desproporción de la reacción israelí ante la provocación de quienes ya casi no tienen nada qué perder, lo que hoy hace inaceptable el tipo de ataque de Israel a Gaza, además de que, en un tiempo, fue Israel quien alentó el desarrollo de Hamas para debilitar a quien entonces fue declarado el enemigo Número Uno de Israel: Al Fatah, el brazo laico y armado del nacionalismo palestino.
Desde hace mucho los responsables de la partición de 1947 -especialmente Estados Unidos- están obligados a presionar realmente a las partes a negociar para llevar adelante la creación del Estado Palestino, condición esencial para que la comunidad internacional pueda pedirle con legitimidad y efectividad una conducta responsable. Sólo la eliminación de los asentamientos judíos en los territorios ocupados y el ejercicio de la soberanía efectiva de los palestinos y la responsabilidad que eso conlleva, puede poner fin a la guerra de los cien años en esa parte del mundo.
Obviamente, es fácil formular la propuesta de un juego que no sea de suma cero, pero muy difícil implementarla, sin embargo es la salida realista.
La pasividad internacional ante la violencia en zonas marginales tiene lugar no sólo en Gaza sino ayer en los Balcanes o Ruanda y hoy también en Darfur o el Congo. Es la indiferencia ante los “infiernos en la tierra”; pero cada uno de esos infiernos es una situación que nos concierne porque nos degrada a todos, nos disminuyen como humanidad y nos obliga a encontrar la solución ya.
AGENDA CIUDADANA
‘“Los infiernos en la Tierra’ como Gaza hoy, nos conciernen a todos porque a todos nos degradan”.
Campana. El tema del conflicto en Palestina es un terreno política y moralmente minado. La prudencia aconseja evitarlo, pero incluso esa decisión conlleva un costo, pues la carnicería es ya espeluznante –alrededor de mil muertos, de los cuales un buen número es de niños y mujeres. Y siempre que doblan por muerto las campanas, doblan por cada uno de nosotros.
La naturaleza de la lucha La violencia en Gaza, nos recuerda The Economist, es parte de una guerra que ya dura cien años. De un lado está hoy el ejército del Estado de Israel, pero del otro lado está un no-Estado: una sociedad que tiene una autoridad democráticamente electa, pero que sus instituciones no son parte de un Estado pues carecen de sus atributos esenciales: soberanía y control del territorio. Un cardenal, Renato Martino, presidente del Consejo para la Paz y la Justicia, definió a Gaza como un campo de concentración; ante la protesta de Israel, el Vaticano declaró “inoportuna” esa caracterización. ¿Conviene entonces definir a Palestina como un territorio ocupado? Sí, pero sólo de manera intermitente y, en cualquier caso, su ocupante no asume la responsabilidad de lo que hoy sucede ahí. Como sea, hoy Gaza es una sociedad bajo ataque, bloqueada y sin viabilidad.
Es justamente la ambigüedad de la naturaleza política de los palestinos, de sus derechos y deberes donde reside una de las raíces del problema -de la tragedia-, que está teniendo lugar ante nuestros ojos y donde la comunidad internacional está jugando, básicamente, el papel de espectador, pues los pronunciamientos de la ONU para detener el fuego no tienen efecto práctico alguno.
Palestina. En los tiempos bíblicos Palestina fue el asiento del pueblo de Israel, pero desde el 722 a. C. la región ha sido dominada por asirios, babilonios, persas, macedonios (y sus sucesores), romanos, bizantinos, árabes, los cruzados, turcos y, finalmente, tras la Primera Guerra Mundial, ingleses. Se trata de una tierra de muchos soberanos, pero pocas veces soberana.
La construcción de los estados nacionales modernos en el Oriente Medio es una historia muy complicada. Tras la destrucción del Imperio Otomano a inicios del siglo XX, la influencia colonial de Inglaterra y Francia en el Oriente Medio fue el detonante que llevó a la construcción de Estados nuevos en sociedades viejas, pero donde faltaban los elementos necesarios para que desembocara en entidades nacionales viables.
Egipto sí tenía una “personalidad nacional” relativamente definida, pero incluso ahí fue difícil dilucidar si incorporaba o no al Sudán. En otros casos el problema ha sido mayor: la nación es aún algo muy frágil: una amalgama social que aún no acaba de cuajar, como es el caso notorio de Irak, un país donde aún son muy visibles y antagónicos sus componentes shiitas, sunitas o kurdos.
Lo que Pudo Ser y no Fue. Tras la Segunda Guerra Mundial, los fragmentos del antiguo Imperio Otomano hicieron a un lado la tutela colonial de los sucesores de los turco: los imperios europeos –Francia e Inglaterra- y se lanzaron a la aventura de la creación y consolidación del Estado-nacional pese a no contar con algunos de los elementos esenciales para tamaña empresa. Por otra parte, en Europa había una auténtica nación, pero que carecía de asiento geográfico: la judía. Por ello desde 1917 los británicos, vía la llamada “Declaración Balfour” -James Balfour estaba al frente de la Foreign Office británica- habían declarado su aceptación al establecimiento de un “hogar nacional” judío en Palestina. Como es frecuente con los imperios, esa decisión del Gobierno de Londres no fue consultada en toda su profundidad con los afectados: los palestinos, y ahí quedó sembrada la semilla de un conflicto que ya había empezado a darse.
La increíble, inaceptable y brutal política alemana de exterminio del pueblo judío hizo que al concluir la Segunda Guerra Mundial la comunidad internacional, en particular Estados Unidos, y vía las Naciones Unidas, aceptara las exigencias de la comunidad judía para hacer realidad ese hogar nacional que se veía como condición indispensable para que no volviera a ocurrir el horror del Holocausto. El problema fue que los palestinos no aceptaron ser los que pagaran las culpas de quienes se habían ensañado por siglos con los judíos: los europeos -desde los Reyes Católicos hasta los rusos para culminar con Hitler. Sin embargo, para los vencedores de los nazis resultó que la opción menos difícil fue usar a Palestina para satisfacer la necesidad de un territorio para el Estado judío. Con dos mil años de diferencia, los judíos volverían a donde habían salido.
En 1947, las Naciones Unidas decidieron partir a la región palestina y crear dos entidades: por un lado estaría la judía y por el otro la palestina. Los afectados, apoyados por los nuevos estados árabes, se negaron a aceptar esa decisión y el resultado fue la proclamación unilateral del Estado de Israel en 1948, lo que ha dado lugar a tres guerras entre árabes e israelíes -1948, 1967 y 1979- y a numerosos incidentes. A la creación del Estado Judío no le siguió la de su contraparte: la del Estado Palestino; primero porque los palestinos no aceptaron y hoy porque tampoco los israelíes tienen interés en ello, ya que deberán devolver tierras ocupadas.
Justicia Imposible. La satisfacción de la justa demanda de la nación judía de contar con un Estado engendró una nueva injusticia –despojar a los palestinos- y ya no fue posible encontrar una solución genuinamente justa. Así lo entendió el Gobierno Mexicano desde el inicio. En 1947 el delegado mexicano en la ONU se abstuvo de participar en los debates y en la votación en torno a la creación de un Estado Nacional Judío en Palestina. En abril de ese año nuestra Cancillería consideró que México saldría perdiendo si rompía lanzas a favor de judíos o palestinos. “A los primeros no les asiste la razón, pero tienen a su favor el sentimiento humanitario que despierta la persecución que han sufrido durante siglos… Los árabes, por su parte, cuentan a su favor con la poderosa razón de su derecho a unos territorios que ocupan desde hace dos mil años…” (citado por Arturo Magaña “México ante el conflicto árabe-israelí, 1932-1976”, tesis, El Colegio de México, 2006).
Tres guerras y muchos incidentes después, el corazón del problema sigue siendo el mismo: el sentido de injusticia y humillación de los palestinos y la necesidad de un Estado judío seguro.
El Problema del Estado. Israel justifica su invasión actual de Gaza -una zona pequeña, densamente poblada y en la que es simplemente imposible actuar con violencia sin dañar a la población civil- por la necesidad de desmantelar la capacidad de la organización Hamas de lanzar cohetes –no particularmente efectivos- contra territorio israelí. Pero la acción israelí también se inscribe en el contexto del estrangulamiento de Gaza y de la pequeña política: una elección en Israel y la conveniencia de confrontar a Estados Unidos, su aliado más importante, con un fait accompli antes de que tome posesión su nuevo presidente. Sin embargo, si bien las dos partes en conflicto reclaman para sí la justicia de su causa, es la combinación de la parte de razón que asiste a los palestinos con la asimetría de poder y la desproporción de la reacción israelí ante la provocación de quienes ya casi no tienen nada qué perder, lo que hoy hace inaceptable el tipo de ataque de Israel a Gaza, además de que, en un tiempo, fue Israel quien alentó el desarrollo de Hamas para debilitar a quien entonces fue declarado el enemigo Número Uno de Israel: Al Fatah, el brazo laico y armado del nacionalismo palestino.
Desde hace mucho los responsables de la partición de 1947 -especialmente Estados Unidos- están obligados a presionar realmente a las partes a negociar para llevar adelante la creación del Estado Palestino, condición esencial para que la comunidad internacional pueda pedirle con legitimidad y efectividad una conducta responsable. Sólo la eliminación de los asentamientos judíos en los territorios ocupados y el ejercicio de la soberanía efectiva de los palestinos y la responsabilidad que eso conlleva, puede poner fin a la guerra de los cien años en esa parte del mundo.
Obviamente, es fácil formular la propuesta de un juego que no sea de suma cero, pero muy difícil implementarla, sin embargo es la salida realista.
La pasividad internacional ante la violencia en zonas marginales tiene lugar no sólo en Gaza sino ayer en los Balcanes o Ruanda y hoy también en Darfur o el Congo. Es la indiferencia ante los “infiernos en la tierra”; pero cada uno de esos infiernos es una situación que nos concierne porque nos degrada a todos, nos disminuyen como humanidad y nos obliga a encontrar la solución ya.
jueves, 8 de enero de 2009
La coyuntura y la relación con Estados Unidos
AGENDA CIUDADANA
“México podría, si hubiera voluntad e inteligencia, redefinir su relación con Estados Unidos y el mundo”
Lorenzo Meyer
Un Punto de Inflexión. En su número especial de fin de año, la revista británica The Economist publicó varios ensayos en torno al futuro inmediato. Entre los escritos aparece uno de Henry Kissinger, antiguo secretario de Estado norteamericano. Se trata de un ejercicio de humildad, aunque relativa, pues en él Estados Unidos sigue siendo “la nación esencial” para cualquier reconstrucción del orden internacional. Lo interesante del artículo no es sólo la idea de que ha fallado un orden impuesto por Estados Unidos sino que, de cara al futuro, ese país deberá “reducir sus horizontes”, dejar de actuar como tutor del mundo y negociar con otros las características del porvenir, pues cualquier nuevo sistema internacional sólo será viable si todos sus miembros se consideran participantes en el proceso de su construcción y preservación.
Un cambio de enfoque sobre el papel de la mayor potencia mundial abre posibilidades al resto de los países, incluido México, pues en principio se trata de un juego suma cero, es decir, que los espacios de poder que pierda Estados Unidos los pueden y deben ganar otros, y entre ellos el nuestro. Ahora bien, en la política del poder cada actor debe de poner en juego su voluntad, inteligencia y recursos para aprovechar sus oportunidades. Y en el caso mexicano está por verse si hay voluntad e inteligencia y qué tantos recursos propios quedan.
El Punto de Partida. Para comprender el alcance de la recién adquirida modestia norteamericana hay que tomar en cuenta el punto de partida.
En la práctica, toda política tiene contradicciones y éstas son particularmente evidentes en las acciones de las grandes potencias, especialmente cuando pretenden que sus acciones se entiendan como inspiradas en elementos éticos y no en el egoísmo nacional. Sin embargo, y como la de cualquier potencia imperial, la acción norteamericana en el exterior se ha guiado por el realismo político, es decir, ha sido una política del poder aunque no haya sido proclamada así por sus autores. Washington siempre ha justificado su actuar en el mundo no como una búsqueda exclusiva de su interés nacional sino como la promoción de los valores de su ideología: libertad, individualismo, democracia y capitalismo.
Hace más de medio siglo Louis Hartz, un gran explorador de la ideología liberal norteamericana, señaló en The Liberal Tradition in America, (1955, pp. 58, 286-290) que una de las características de la ideología dominante en la relación de Estados Unidos con el resto del mundo -él la llamó “americanismo”- es su polaridad: el aislacionismo por un lado y el mesianismo en el otro. El primero busca alejarse de todo lo que le es extraño y el otro busca transformar lo extraño en algo familiar, pues simplemente no puede convivir con lo que le es extraño. Y esa tendencia mesiánica ha sido interpretada como una misión histórica –como una cruzada o un imperialismo mesiánico, otro término de Hartz- para hacer acceder al resto de la humanidad a un orden moral “superior” basado en el “absolutismo americano”, es decir, uno basado en normas morales que se consideran evidentes y que han hecho que Estados Unidos se considere a sí mismo como la “Ciudad en la montaña” (City Upon the Hill) de la que habló en 1630 el predicador puritano John Winthrop: un ejemplo de caridad cristiana para el mundo.
La contradicción entre la política del poder –propia de toda gran potencia- y los principios ideológicos del “americanismo”, se empezó a desplegar justamente en América Latina, particularmente los países geográficamente más cercanos: México, Centroamérica y El Caribe, aunque también se debe añadir a otra vieja colonia española: Filipinas. Con el sorprendente crecimiento del poder norteamericano en el siglo XX –el “American Century”-, la contradicción se extendió al resto del mundo –sólo así se explica la posición de Woodrow Wilson al final de la I Mundial. Cuando al final de la II Guerra se inició la “Guerra Fría”, se multiplicaron las dificultades norteamericanas por conciliar una política global de poder con sus principios ideológicos.
Fue con la “Guerra Fría”, cuando el papel del “factor norteamericano” en el proceso político latinoamericano implicó alentar o tolerar dictaduras, violencia extrema y una oposición cerrada a cualquier cambio que abriera posibilidades a quien no fuera anticomunista declarado, como fueron los casos de Arbenz en Guatemala, de Castro en la Cuba anterior a su viraje al socialismo, de Juan Bosch en Dominicana, de Allende en Chile, de los sandinistas en Nicaragua. También implicó para la región una pérdida del tiempo histórico del cambio.
Al concluir el choque URSS-USA sin una hecatombe nuclear y con el indiscutible triunfo norteamericano, Estados Unidos quedó como la única superpotencia. Su ala neoconservadora consideró que finalmente había llegado, con un “nuevo siglo americano”, el momento de remodelar al mundo a su imagen y semejanza. Nadie expresó este sentimiento de triunfo mejor que Francis Fukuyama: la historia como lucha entre ideologías había terminado y la humanidad entraba a una nueva etapa dominada enteramente por los valores norteamericanos convertidos en universales, (El fin de la historia y el último hombre, 1992). Era una visión no muy diferente del optimismo marxista, sólo que en esta versión el triunfo final correspondía al capitalismo y no al comunismo.
El aparente triunfo global del americanismo implicó, entre otras cosas, un desinterés de Washington por tutelar en los procesos políticos internos de América Latina. Se mantuvo el bloqueo a Cuba, pero no hubo ya un intento serio por derrocar a Chávez en Venezuela o impedir el asenso al poder de Morales en Bolivia, de Correa en Ecuador o el retorno al poder del sandinismo en Nicaragua. Para Estados Unidos lo importante era entenderse con China, mantener rodeada a Rusia y, sobre todo, remodelar una de las áreas más problemáticas del globo: el Oriente Medio y, en el proceso, responder al desafío del Islam milenarista (Al Qaeda) dentro del marco del “choque de civilizaciones.” De ahí las invasiones a Irak y Afganistán y el campo de concentración en Guantánamo.
La Crisis y sus Efectos. Pero como ahora reconoce Kissinger, el gran plan tenía pies de barro: la economía norteamericana y la global no soportaron el peso del supuesto “nuevo siglo norteamericano”. Los indicadores así lo demuestran: la crisis hipotecaria norteamericana inició una crisis financiera global y Estados Unidos entró en recesión (crecimiento negativo de 0.2%), su déficit fiscal es ya equivalente al 7% de su PIB y pronto llegará al millón de millones de dólares mientras la deuda de sus hogares equivale al ¡123% del PIB! El nuevo Gobierno norteamericano está obligado a centrar su esfuerzo en la reactivación económica y por tanto tendría que salir lo más pronto de Irak y reconsiderar su presencia en Afganistán, esa vieja tumba de sueños imperiales.
La Oportunidad. Cada vez que en el pasado Estados Unidos entró en problemas, los márgenes de independencia de México crecieron. Así, la elaboración y puesta en marcha de la Constitución de 1917 no se explica del todo si no se toma en cuenta la I Guerra Mundial; el éxito de la expropiación petrolera en 1938 no se comprende sin la aceptación de Washington del principio de no-intervención en América Latina como resultado de su necesidad de contar con el apoyo de la región ante la guerra que se avecinaba. El arreglo de la deuda, de las reclamaciones y del pago por la expropiación petrolera en términos muy razonables, sólo se entiende por la necesidad norteamericana de sostener la alianza con México durante la II Guerra.
Sin embargo, en la coyuntura actual todo indica que será Brasil el país latinoamericano que más aproveche las posibilidades del nuevo esquema internacional para ampliar sus márgenes de soberanía y desarrollarse con una gran independencia política y económica de Estados Unidos. México podría aprovechar la oportunidad para seguir un camino similar, pero es poco probable que lo haga. A diferencia de Brasil, en México falta el liderazgo presidencial, la clase política está profundamente dividida, las instituciones son incapaces de sobreponerse a retos como el del crimen organizado, la economía está más ligada que nunca a la norteamericana que la contagia con sus problemas y, sobre todo, no hay un proyecto nacional creíble.
En suma, la oportunidad existe, pero hasta el momento no hay indicios de que México vuelva a ser puntero en el aprovechamiento que el momento internacional brinda a América Latina para expandir su soberanía y abrir un capítulo nuevo y positivo de su política internacional.
Publicado originalmente en el Siglo de Torreón.
“México podría, si hubiera voluntad e inteligencia, redefinir su relación con Estados Unidos y el mundo”
Lorenzo Meyer
Un Punto de Inflexión. En su número especial de fin de año, la revista británica The Economist publicó varios ensayos en torno al futuro inmediato. Entre los escritos aparece uno de Henry Kissinger, antiguo secretario de Estado norteamericano. Se trata de un ejercicio de humildad, aunque relativa, pues en él Estados Unidos sigue siendo “la nación esencial” para cualquier reconstrucción del orden internacional. Lo interesante del artículo no es sólo la idea de que ha fallado un orden impuesto por Estados Unidos sino que, de cara al futuro, ese país deberá “reducir sus horizontes”, dejar de actuar como tutor del mundo y negociar con otros las características del porvenir, pues cualquier nuevo sistema internacional sólo será viable si todos sus miembros se consideran participantes en el proceso de su construcción y preservación.
Un cambio de enfoque sobre el papel de la mayor potencia mundial abre posibilidades al resto de los países, incluido México, pues en principio se trata de un juego suma cero, es decir, que los espacios de poder que pierda Estados Unidos los pueden y deben ganar otros, y entre ellos el nuestro. Ahora bien, en la política del poder cada actor debe de poner en juego su voluntad, inteligencia y recursos para aprovechar sus oportunidades. Y en el caso mexicano está por verse si hay voluntad e inteligencia y qué tantos recursos propios quedan.
El Punto de Partida. Para comprender el alcance de la recién adquirida modestia norteamericana hay que tomar en cuenta el punto de partida.
En la práctica, toda política tiene contradicciones y éstas son particularmente evidentes en las acciones de las grandes potencias, especialmente cuando pretenden que sus acciones se entiendan como inspiradas en elementos éticos y no en el egoísmo nacional. Sin embargo, y como la de cualquier potencia imperial, la acción norteamericana en el exterior se ha guiado por el realismo político, es decir, ha sido una política del poder aunque no haya sido proclamada así por sus autores. Washington siempre ha justificado su actuar en el mundo no como una búsqueda exclusiva de su interés nacional sino como la promoción de los valores de su ideología: libertad, individualismo, democracia y capitalismo.
Hace más de medio siglo Louis Hartz, un gran explorador de la ideología liberal norteamericana, señaló en The Liberal Tradition in America, (1955, pp. 58, 286-290) que una de las características de la ideología dominante en la relación de Estados Unidos con el resto del mundo -él la llamó “americanismo”- es su polaridad: el aislacionismo por un lado y el mesianismo en el otro. El primero busca alejarse de todo lo que le es extraño y el otro busca transformar lo extraño en algo familiar, pues simplemente no puede convivir con lo que le es extraño. Y esa tendencia mesiánica ha sido interpretada como una misión histórica –como una cruzada o un imperialismo mesiánico, otro término de Hartz- para hacer acceder al resto de la humanidad a un orden moral “superior” basado en el “absolutismo americano”, es decir, uno basado en normas morales que se consideran evidentes y que han hecho que Estados Unidos se considere a sí mismo como la “Ciudad en la montaña” (City Upon the Hill) de la que habló en 1630 el predicador puritano John Winthrop: un ejemplo de caridad cristiana para el mundo.
La contradicción entre la política del poder –propia de toda gran potencia- y los principios ideológicos del “americanismo”, se empezó a desplegar justamente en América Latina, particularmente los países geográficamente más cercanos: México, Centroamérica y El Caribe, aunque también se debe añadir a otra vieja colonia española: Filipinas. Con el sorprendente crecimiento del poder norteamericano en el siglo XX –el “American Century”-, la contradicción se extendió al resto del mundo –sólo así se explica la posición de Woodrow Wilson al final de la I Mundial. Cuando al final de la II Guerra se inició la “Guerra Fría”, se multiplicaron las dificultades norteamericanas por conciliar una política global de poder con sus principios ideológicos.
Fue con la “Guerra Fría”, cuando el papel del “factor norteamericano” en el proceso político latinoamericano implicó alentar o tolerar dictaduras, violencia extrema y una oposición cerrada a cualquier cambio que abriera posibilidades a quien no fuera anticomunista declarado, como fueron los casos de Arbenz en Guatemala, de Castro en la Cuba anterior a su viraje al socialismo, de Juan Bosch en Dominicana, de Allende en Chile, de los sandinistas en Nicaragua. También implicó para la región una pérdida del tiempo histórico del cambio.
Al concluir el choque URSS-USA sin una hecatombe nuclear y con el indiscutible triunfo norteamericano, Estados Unidos quedó como la única superpotencia. Su ala neoconservadora consideró que finalmente había llegado, con un “nuevo siglo americano”, el momento de remodelar al mundo a su imagen y semejanza. Nadie expresó este sentimiento de triunfo mejor que Francis Fukuyama: la historia como lucha entre ideologías había terminado y la humanidad entraba a una nueva etapa dominada enteramente por los valores norteamericanos convertidos en universales, (El fin de la historia y el último hombre, 1992). Era una visión no muy diferente del optimismo marxista, sólo que en esta versión el triunfo final correspondía al capitalismo y no al comunismo.
El aparente triunfo global del americanismo implicó, entre otras cosas, un desinterés de Washington por tutelar en los procesos políticos internos de América Latina. Se mantuvo el bloqueo a Cuba, pero no hubo ya un intento serio por derrocar a Chávez en Venezuela o impedir el asenso al poder de Morales en Bolivia, de Correa en Ecuador o el retorno al poder del sandinismo en Nicaragua. Para Estados Unidos lo importante era entenderse con China, mantener rodeada a Rusia y, sobre todo, remodelar una de las áreas más problemáticas del globo: el Oriente Medio y, en el proceso, responder al desafío del Islam milenarista (Al Qaeda) dentro del marco del “choque de civilizaciones.” De ahí las invasiones a Irak y Afganistán y el campo de concentración en Guantánamo.
La Crisis y sus Efectos. Pero como ahora reconoce Kissinger, el gran plan tenía pies de barro: la economía norteamericana y la global no soportaron el peso del supuesto “nuevo siglo norteamericano”. Los indicadores así lo demuestran: la crisis hipotecaria norteamericana inició una crisis financiera global y Estados Unidos entró en recesión (crecimiento negativo de 0.2%), su déficit fiscal es ya equivalente al 7% de su PIB y pronto llegará al millón de millones de dólares mientras la deuda de sus hogares equivale al ¡123% del PIB! El nuevo Gobierno norteamericano está obligado a centrar su esfuerzo en la reactivación económica y por tanto tendría que salir lo más pronto de Irak y reconsiderar su presencia en Afganistán, esa vieja tumba de sueños imperiales.
La Oportunidad. Cada vez que en el pasado Estados Unidos entró en problemas, los márgenes de independencia de México crecieron. Así, la elaboración y puesta en marcha de la Constitución de 1917 no se explica del todo si no se toma en cuenta la I Guerra Mundial; el éxito de la expropiación petrolera en 1938 no se comprende sin la aceptación de Washington del principio de no-intervención en América Latina como resultado de su necesidad de contar con el apoyo de la región ante la guerra que se avecinaba. El arreglo de la deuda, de las reclamaciones y del pago por la expropiación petrolera en términos muy razonables, sólo se entiende por la necesidad norteamericana de sostener la alianza con México durante la II Guerra.
Sin embargo, en la coyuntura actual todo indica que será Brasil el país latinoamericano que más aproveche las posibilidades del nuevo esquema internacional para ampliar sus márgenes de soberanía y desarrollarse con una gran independencia política y económica de Estados Unidos. México podría aprovechar la oportunidad para seguir un camino similar, pero es poco probable que lo haga. A diferencia de Brasil, en México falta el liderazgo presidencial, la clase política está profundamente dividida, las instituciones son incapaces de sobreponerse a retos como el del crimen organizado, la economía está más ligada que nunca a la norteamericana que la contagia con sus problemas y, sobre todo, no hay un proyecto nacional creíble.
En suma, la oportunidad existe, pero hasta el momento no hay indicios de que México vuelva a ser puntero en el aprovechamiento que el momento internacional brinda a América Latina para expandir su soberanía y abrir un capítulo nuevo y positivo de su política internacional.
Publicado originalmente en el Siglo de Torreón.
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