Obama, esta vez puede ser para bien
El “Nuevo Trato” y nosotros
Lorenzo Meyer
La Influencia Indirecta. La transformación que acaba de tener lugar en la casa vecina del norte —la “Casa Grande” para nosotros— es una de fondo que abarca no sólo lo político, sino también lo económico, social y cultural. En principio, la elección presidencial norteamericana es un asunto interno de esa nación, pero todo proceso de cambio sustantivo en una gran potencia tiene efectos más allá de sus fronteras.
En lo inmediato, la relación bilateral México-Estados Unidos ya está muy determinada por una gran red de arreglos formales —entre los que destaca el Acuerdo de Libre Comercio de la América del Norte—, de inercias y de intereses creados. Modificar formas y contenidos de la relación México-Estados Unidos siempre ha sido algo muy complicado y que, en todo caso, requiere la existencia de un interés político de parte de la dirigencia norteamericana.
Ahora bien, intentar generar ese interés en este momento sería un empeño infructuoso por, al menos, dos razones. En primer lugar, porque las prioridades de la agenda del presidente electo Barack Obama la encabezan asuntos en los que poco tienen que ver México o América Latina, como son la gran crisis económica mundial, las intervenciones norteamericanas en Iraq y Afganistán, el casi intratable problema del Medio Oriente, el resurgimiento de Rusia como potencia dispuesta a reimponer sus intereses en su entorno geográfico inmediato o el calentamiento global, entre otros.
En segundo lugar, porque si bien a México como país le interesa discutir con los norteamericanos temas significativos —inmigración, narcotráfico, seguridad— el gobierno mexicano actual carece de un proyecto nacional real que le permita tener una agenda clara y el apoyo interno adecuado para sostenerla.
Así pues, por ahora México no tiene la capacidad para aparecer entre los temas importantes de la política norteamericana. En otras circunstancias, ese bajo perfil mexicano allende el Bravo sería una oportunidad para ampliar nuestros espacios internos de maniobra. Sin embargo, el mero cambio de rumbo en que se van a empeñar el gobierno y la sociedad estadounidense pueden generar procesos y desatar energías que lleguen a influir de manera indirecta pero importante en la forma como nosotros vamos a conducir nuestros asuntos internos en los años por venir. Y dadas las circunstancias, esta vez esa influencia puede ser positiva.
La Naturaleza del Cambio. Hoy, cuando ya Moscú ni ninguna otra capital es el “Vaticano Rojo” y cuando ya se acabaron las ortodoxias dentro de la izquierda, cada sociedad define en sus propios términos lo que es izquierda y derecha. Dentro del actual esquema político norteamericano, el triunfo del partido Demócrata y de la plataforma electoral de Barack Obama significa que Estados Unidos ha dado un giro de la derecha dura a la izquierda moderada o, si se prefiere, al centro-izquierda. Y ese giro tiene el potencial para redefinir en México y en muchos otros países cuál es el mejor rumbo a seguir.
Cuando allá por los 1980 se impuso en Estados Unidos el conservadurismo de Ronald Reagan, el proceso terminó por lanzar al resto del mundo por el camino del neoliberalismo en lo económico y de la aceptación de la agresiva agenda norteamericana en el sistema internacional. Para México, eso significó ver como naufragaba en Centroamérica lo poco que quedaba del principio interamericano de la no intervención y ver cómo Carlos Salinas y su proyecto económico neoliberal eran presentados como ejemplo a seguir en el mundo periférico, sin importar para nada el origen fraudulento de su victoria electoral. Hoy, el gran viraje que ha experimentado y seguirá experimentando Estados Unidos, ha dejado de coincidir con la orientación política, económica y cultural que domina en México (herencia directa del salinismo a la que no afectó el cambio del PRI al PAN en el control de la presidencia). A la larga, ese cambio de rumbo en el país al que México está íntimamente ligado por una relación de poder asimétrica en extremo, puede abrir aquí posibilidades a las fuerzas que reclaman un cambio en la ruta de navegación. Virar en México de la derecha a la izquierda o incluso al centro, puede ser en el futuro menos difícil de lo fue antes del 4 de noviembre.
El “Nuevo Trato” original. En 1933 tomó posesión como el 32o. presidente de Estados Unidos Franklin D. Roosevelt en medio de los estragos causados por la Gran Depresión iniciada cuatro años antes. Su plataforma política “El Nuevo Trato” (The New Deal), apenas sí se esbozaba, aunque su espíritu era claro: reanudar y llevar más lejos la “Nueva Libertad” que el anterior presidente demócrata, Woodrow Wilson, había definido desde 1912, como apartar al gobierno norteamericano de los grandes intereses creados para ponerlo al servicio del ciudadano común y corriente.
Roosevelt tardó en encontrar los instrumentos y la ruta adecuadas, pero finalmente logró su objetivo que no era sólo sacar a su país de la crisis económica con la poderosa ayuda del gasto público, sino redistribuir cargas y beneficios por la vía fiscal y hacer al Estado responsable de servicios sociales que terminarían por dar a Estados Unidos el perfil de una sociedad menos injusta, menos desigual. Pese a sus errores, Roosevelt cumplió en lo sustancial su promesa.
El nuevo “Nuevo Trato”. En medio del estallido de otra gran crisis económica que si no se le controla con toda la fuerza del Estado puede transformarse en una tan dañina como la de 1929, Obama tiene la posibilidad y obligación de convertirse en el Roosevelt del Siglo XXI.
De materializarse, el nuevo “Nuevo Trato” tendrá como sustento moral y cultural el hecho de que lo encabeza un afroamericano apoyado por una gran coalición multirracial. Pero eso no es todo. A diferencia de Roosevelt, quien será el 44o. presidente de Estados Unidos no proviene de los estratos privilegiados de la sociedad norteamericana, sino de un hogar de clase media y donde a falta de padre el futuro presidente fue criado por sus abuelos maternos. En fin, Obama y su esposa son resultado de su propio esfuerzo y de las oportunidades de movilidad social que aún existen en su país.
La esencia del proyecto de Obama y del ala progresista del Partido Demócrata no consiste en volver al Estado rooseveltiano de mediados del siglo pasado pero sí construir una versión moderna del mismo. Esa variante tiene como premisa algo obvio pero que la derecha se niega a aceptar: que el ciudadano común —el de la clase media y, sobre todo, el que vive debajo de los niveles de pobreza— no puede, por propio esfuerzo, controlar los factores adversos de un mercado que, por su naturaleza, tiende a dar más al que más tiene, menos al que menos tiene y nada al que nada tiene.
Por lo pronto, Obama se ha comprometido a dar forma a una política estatal donde las fuerzas del capitalismo no vuelvan a desbocarse en detrimento de la mayoría, una que evite que el tesoro público se use para rescatar a pudientes en detrimento de los intereses mayoritarios. Además, el presidente electo se ha comprometido a seguir políticas que detengan la galopante degradación del medio ambiente, que aseguren la calidad de los alimentos en el mercado, que establezcan los incentivos adecuados para lograr un aumento de las fuentes de energía no contaminantes, que garanticen servicios médicos adecuados para todos, independientemente de su clase social y que, de la misma manera, ofrezcan una educación de calidad a todos los niños y jóvenes.
De hacerse realidad en un grado significativo esa oferta de protección a los que menos pueden protegerse por sí mismos, el tema de la migración indocumentada también tendrá que ser abordado con el mismo espíritu. Todo lo anterior hará más difícil que proyectos como el de la derecha mexicana mantengan la legitimidad o al menos la tolerancia que hoy encuentran en una parte de la ciudadanía.
En materia internacional, el compromiso de Obama no sólo con poner fin al intervencionismo unilateral norteamericano sino con cerrar el campo de concentración de Guantánamo y respetar los derechos humanos incluso de los enemigos más acervos, también puede tener un efecto indirecto pero benéfico en la preservación de la soberanía mexicana —justo como ocurrió con el “Nuevo Trato” original— y en un ambiente propicio para la observación de los derechos humanos en nuestro país.
En fin, tras decenios en que los vientos del norte empujaron las velas de quienes llevaron a México a navegar por la derecha se abre hoy la posibilidad —sólo la posibilidad— de que esos vientos sean propicios para los que quieren ir por la izquierda o, al menos, por el centro. Ojalá.— México, D.F.
Publicado originalmente en el Diario de Yucatán.
jueves, 13 de noviembre de 2008
Jugar con fuego en un llano seco
Nota del Jueves 30 de octubre de 2008 )
Jugar con fuego en un llano seco
El movimiento social en México
Lorenzo Meyer
Democracia anormal. En una democracia normal, lo usual es que ningún actor político gane todo ni pierda todo. Sin embargo, México hoy no es precisamente una democracia normal: sus divisiones son profundas y la desconfianza es total, pues una parte del espectro político no le concede legitimidad a la otra y viceversa.
El resultado es la imposibilidad de la negociación de buena fe. La reforma petrolera refleja bien el problema: los que la apoyan aseguran que ya no tiene ni un ápice privatizador pero se han negado a incluir en el texto un párrafo que pedía la oposición para asegurar que no se darán concesiones exclusivas a empresas privadas —a las petroleras internacionales— en zonas predeterminadas del territorio para la exploración y explotación de nuevos yacimientos. La negativa de unos confirmó las sospechas de otros y, al final, el encono es igual al que había al inicio de la negociación. Así, la normalidad democrática es imposible.
La reforma petrolera ha dejado en claro que la dinámica del proceso político mexicano actual está determinada, en buena medida, por el choque entre los partidos y los intereses que realmente representan —básicamente los de las cúpulas políticas y económicas— y los movimientos sociales, en especial el más dinámico y con la agenda mayor: el que encabeza Andrés Manuel López Obrador (AMLO).
Como muestran las encuestas de opinión, los partidos políticos no son vistos por el grueso de los mexicanos como lo que se supone que son: instrumentos eficaces para recoger y dar cause a las demandas y preocupaciones ciudadanas. Esos partidos, alimentados por cuantiosos recursos públicos —30,500 millones de pesos en los últimos 14 años— son hoy unas de las instituciones públicas más desprestigiadas, (véase “Confianza en las instituciones. Ranking nacional”, Consulta Mitofsky, www.consulta.com.mx, abril 2008). Pero el problema no es sólo la desconfianza en los partidos sino en la propia naturaleza del sistema: en una encuesta elaborada por la Secretaría de Gobernación, el 51% opinó no estar seguro de que México viviera en democracia o de plano negó que ese fuera el caso, (“Conociendo a los ciudadanos mexicanos. Principales resultados, 2005”).
La alternativa. El fin del régimen autoritario priista, combinado con la mala calidad de las instituciones y el liderazgo que le sustituyeron, llevó a que la elección presidencial de 2006 funcionara no como un paso más en la consolidación de la recién nacida democracia mexicana sino como generadora de inconformidades que, a su vez, propiciaron el surgimiento de un movimiento político y social encabezado por AMLO que se presenta como una alternativa para organizar a los inconformes —a la fecha, ese movimiento ha registrado y credencializado a más de dos millones de ciudadanos— y dar voz y fuerza a demandas de naturaleza popular que las oligarquías partidistas no pueden o no quieren recoger.
El descontento de una parte de la sociedad mexicana por la falta de representatividad de los partidos, por la disfuncionalidad creciente del entramado institucional y por los pobres resultados de una economía que ahora está entrando de nuevo en crisis, forman el contexto en que se debe de entender no sólo al movimiento político-social lopezobradorista, sino al resto de los movimientos que puntean el país.
Definición. Hace un par de siglos que se empezaron a estudiar los movimientos sociales modernos (MS) en Inglaterra, entonces el centro del sistema mundial. El disparador de ese fenómeno fueron los cambios y dislocaciones que produjo la revolución industrial. Las características de los MS contemporáneos arraigaron en Estados Unidos en los años 60 del siglo pasado, durante la lucha por los derechos civiles y oposición a la guerra en Vietnam y también en los movimientos estudiantiles en Francia, Alemania, Japón o México. Desde entonces se marcó aún más su carácter de movilizaciones sociales, políticas y culturales.
Desde la perspectiva conservadora, los MS fueron y siguen siendo vistos como reacciones elementales, aunque pasajeras a los procesos de modernización. Esta perspectiva (propia de la Escuela de Sociología de Chicago, por ejemplo) supone que las sociedades nacionales modernas son conjuntos básicamente bien integrados, con valores compartidos y donde el conflicto es sólo una forma de adaptación. Por ello suponen que, tras el logro parcial de sus objetivos, los MS tienden a desaparecer. Sin embargo, hay otra perspectiva que ve a las acciones colectivas de descontento como un fenómeno que tiende a la permanencia mediante su evolución.
A los MS se les puede definir como “formaciones políticas orientadas hacia el cambio”, con estructuras de organización laxas, con posibilidad de crear fuertes solidaridades entre sus miembros y cuyas tácticas, con frecuencia, se centran en la acción directa y la desobediencia civil. Los elementos de cohesión son, por una parte, un conjunto de ideas generales y, por la otra, la presencia de adversarios claramente identificados: la oligarquía, el gobierno, los patronos o una potencia extranjera. Todo lo anterior puede permitir a los seguidores de un movimiento adquirir una nueva identidad social (esta definición toma elementos de la que se encuentra en: Iain McLean y Alistair McMillan eds., Oxford Concise Dictionary of Politics, Oxford, 2003, p. 499-500).
Aunque las estructuras de gobierno son los destinatarios inmediatos de las acciones de los MS, estos grupos pueden desarrollar objetivos más ambiciosos. Sin ser revolucionarios en el sentido clásico, suelen aspirar a la modificación e incluso la eliminación de ciertas estructuras y principios sociales. En 1960 Daniel Bell, un sociólogo norteamericano, señaló que los MS tienen la capacidad no sólo de influir en el proceso político, sino de transformar, en el curso de la acción, a sus propios participantes a condición de que logren conjugar tres elementos: presentar sus ideas centrales de manera llana, con sencillez, que tales ideas pueden ser vistas como verdaderas y, finalmente, que en nombre de esas verdades demanden un compromiso con la acción (The End of Ideology in the West, Nueva York, Free Press, 1965, p. 401). En una perspectiva más reciente, Alain Touraine en Francia ha visto a los MS como acciones colectivas organizadas, normativamente dirigidas y cuya lucha busca influir en la “dirección de la historicidad”, es decir, en la orientación cultural misma de la sociedad.
El Lopezobradorismo. En principio, el MS lopezobradorista pareciera corresponder a lo señalado por Bell y Touraine: su afán va más allá de la búsqueda de votos, de conseguir una legislación específica (para el petróleo o para otra cosa) o de posiciones en la estructura gubernamental. Y eso es justamente uno de los elementos que más irrita y atemoriza a sus enemigos.
La tensión social que dio origen al MS encabezado por AMLO se incubó con el proyecto de cambio neoliberal que se puso en marcha a partir de 1985. Esa tensión se intensificó al modificarse las reglas del juego político —del autoritarismo se pasó a la democracia—, para agudizarse con la violación de esas reglas —de su letra, pero sobre todo de su espíritu— a partir del intento de desafuero de AMLO en 2004 y de la forma como se condujeron las elecciones presidenciales de 2006.
Dentro de un marco de polarización social y falta de dinamismo de la economía, la evolución de las contradicciones dio origen a la ruptura entre el PRD y AMLO, así como a la decisión de este último de usar su capital político para organizar un MS que hoy se centra en la disputa por la legislación y la renta del petróleo, pero que mañana puede poner el acento en algún otro tema de controversia.
La élite del poder mexicana, acostumbrada a la política de las cúpulas —partidos, organizaciones corporativas, grupos de interés económico o religioso—, no ha sabido como cooptar o neutralizar a los MS como el organizado por AMLO. En el pasado autoritario, lo que no se podía cooptar se reprimía, como sucedió en 1968 y en 1971, o más recientemente con movimientos geográficamente y socialmente limitados, como han sido los casos de Atenco, en El Estado de México, y la APPO, en Oaxaca.
Pero enfrentar al lopezobradorismo, un movimiento nacional, siguiendo la línea que acaba de recomendar el ex presidente Vicente Fox —“partirle el queso a López Obrador”— sería una gran imprudencia, jugar con fuego en un llano social muy seco, como es en el que hoy se desarrolla la protesta irritante pero pacífica. La represión quizá desactivará temporalmente la protesta, pero igualmente podría tornarla violenta y dejarla sin el control moderador que hoy ejerce AMLO sobre ella.— México, D.F.
Publicado originamene en el Diario de Yucatán.
Jugar con fuego en un llano seco
El movimiento social en México
Lorenzo Meyer
Democracia anormal. En una democracia normal, lo usual es que ningún actor político gane todo ni pierda todo. Sin embargo, México hoy no es precisamente una democracia normal: sus divisiones son profundas y la desconfianza es total, pues una parte del espectro político no le concede legitimidad a la otra y viceversa.
El resultado es la imposibilidad de la negociación de buena fe. La reforma petrolera refleja bien el problema: los que la apoyan aseguran que ya no tiene ni un ápice privatizador pero se han negado a incluir en el texto un párrafo que pedía la oposición para asegurar que no se darán concesiones exclusivas a empresas privadas —a las petroleras internacionales— en zonas predeterminadas del territorio para la exploración y explotación de nuevos yacimientos. La negativa de unos confirmó las sospechas de otros y, al final, el encono es igual al que había al inicio de la negociación. Así, la normalidad democrática es imposible.
La reforma petrolera ha dejado en claro que la dinámica del proceso político mexicano actual está determinada, en buena medida, por el choque entre los partidos y los intereses que realmente representan —básicamente los de las cúpulas políticas y económicas— y los movimientos sociales, en especial el más dinámico y con la agenda mayor: el que encabeza Andrés Manuel López Obrador (AMLO).
Como muestran las encuestas de opinión, los partidos políticos no son vistos por el grueso de los mexicanos como lo que se supone que son: instrumentos eficaces para recoger y dar cause a las demandas y preocupaciones ciudadanas. Esos partidos, alimentados por cuantiosos recursos públicos —30,500 millones de pesos en los últimos 14 años— son hoy unas de las instituciones públicas más desprestigiadas, (véase “Confianza en las instituciones. Ranking nacional”, Consulta Mitofsky, www.consulta.com.mx, abril 2008). Pero el problema no es sólo la desconfianza en los partidos sino en la propia naturaleza del sistema: en una encuesta elaborada por la Secretaría de Gobernación, el 51% opinó no estar seguro de que México viviera en democracia o de plano negó que ese fuera el caso, (“Conociendo a los ciudadanos mexicanos. Principales resultados, 2005”).
La alternativa. El fin del régimen autoritario priista, combinado con la mala calidad de las instituciones y el liderazgo que le sustituyeron, llevó a que la elección presidencial de 2006 funcionara no como un paso más en la consolidación de la recién nacida democracia mexicana sino como generadora de inconformidades que, a su vez, propiciaron el surgimiento de un movimiento político y social encabezado por AMLO que se presenta como una alternativa para organizar a los inconformes —a la fecha, ese movimiento ha registrado y credencializado a más de dos millones de ciudadanos— y dar voz y fuerza a demandas de naturaleza popular que las oligarquías partidistas no pueden o no quieren recoger.
El descontento de una parte de la sociedad mexicana por la falta de representatividad de los partidos, por la disfuncionalidad creciente del entramado institucional y por los pobres resultados de una economía que ahora está entrando de nuevo en crisis, forman el contexto en que se debe de entender no sólo al movimiento político-social lopezobradorista, sino al resto de los movimientos que puntean el país.
Definición. Hace un par de siglos que se empezaron a estudiar los movimientos sociales modernos (MS) en Inglaterra, entonces el centro del sistema mundial. El disparador de ese fenómeno fueron los cambios y dislocaciones que produjo la revolución industrial. Las características de los MS contemporáneos arraigaron en Estados Unidos en los años 60 del siglo pasado, durante la lucha por los derechos civiles y oposición a la guerra en Vietnam y también en los movimientos estudiantiles en Francia, Alemania, Japón o México. Desde entonces se marcó aún más su carácter de movilizaciones sociales, políticas y culturales.
Desde la perspectiva conservadora, los MS fueron y siguen siendo vistos como reacciones elementales, aunque pasajeras a los procesos de modernización. Esta perspectiva (propia de la Escuela de Sociología de Chicago, por ejemplo) supone que las sociedades nacionales modernas son conjuntos básicamente bien integrados, con valores compartidos y donde el conflicto es sólo una forma de adaptación. Por ello suponen que, tras el logro parcial de sus objetivos, los MS tienden a desaparecer. Sin embargo, hay otra perspectiva que ve a las acciones colectivas de descontento como un fenómeno que tiende a la permanencia mediante su evolución.
A los MS se les puede definir como “formaciones políticas orientadas hacia el cambio”, con estructuras de organización laxas, con posibilidad de crear fuertes solidaridades entre sus miembros y cuyas tácticas, con frecuencia, se centran en la acción directa y la desobediencia civil. Los elementos de cohesión son, por una parte, un conjunto de ideas generales y, por la otra, la presencia de adversarios claramente identificados: la oligarquía, el gobierno, los patronos o una potencia extranjera. Todo lo anterior puede permitir a los seguidores de un movimiento adquirir una nueva identidad social (esta definición toma elementos de la que se encuentra en: Iain McLean y Alistair McMillan eds., Oxford Concise Dictionary of Politics, Oxford, 2003, p. 499-500).
Aunque las estructuras de gobierno son los destinatarios inmediatos de las acciones de los MS, estos grupos pueden desarrollar objetivos más ambiciosos. Sin ser revolucionarios en el sentido clásico, suelen aspirar a la modificación e incluso la eliminación de ciertas estructuras y principios sociales. En 1960 Daniel Bell, un sociólogo norteamericano, señaló que los MS tienen la capacidad no sólo de influir en el proceso político, sino de transformar, en el curso de la acción, a sus propios participantes a condición de que logren conjugar tres elementos: presentar sus ideas centrales de manera llana, con sencillez, que tales ideas pueden ser vistas como verdaderas y, finalmente, que en nombre de esas verdades demanden un compromiso con la acción (The End of Ideology in the West, Nueva York, Free Press, 1965, p. 401). En una perspectiva más reciente, Alain Touraine en Francia ha visto a los MS como acciones colectivas organizadas, normativamente dirigidas y cuya lucha busca influir en la “dirección de la historicidad”, es decir, en la orientación cultural misma de la sociedad.
El Lopezobradorismo. En principio, el MS lopezobradorista pareciera corresponder a lo señalado por Bell y Touraine: su afán va más allá de la búsqueda de votos, de conseguir una legislación específica (para el petróleo o para otra cosa) o de posiciones en la estructura gubernamental. Y eso es justamente uno de los elementos que más irrita y atemoriza a sus enemigos.
La tensión social que dio origen al MS encabezado por AMLO se incubó con el proyecto de cambio neoliberal que se puso en marcha a partir de 1985. Esa tensión se intensificó al modificarse las reglas del juego político —del autoritarismo se pasó a la democracia—, para agudizarse con la violación de esas reglas —de su letra, pero sobre todo de su espíritu— a partir del intento de desafuero de AMLO en 2004 y de la forma como se condujeron las elecciones presidenciales de 2006.
Dentro de un marco de polarización social y falta de dinamismo de la economía, la evolución de las contradicciones dio origen a la ruptura entre el PRD y AMLO, así como a la decisión de este último de usar su capital político para organizar un MS que hoy se centra en la disputa por la legislación y la renta del petróleo, pero que mañana puede poner el acento en algún otro tema de controversia.
La élite del poder mexicana, acostumbrada a la política de las cúpulas —partidos, organizaciones corporativas, grupos de interés económico o religioso—, no ha sabido como cooptar o neutralizar a los MS como el organizado por AMLO. En el pasado autoritario, lo que no se podía cooptar se reprimía, como sucedió en 1968 y en 1971, o más recientemente con movimientos geográficamente y socialmente limitados, como han sido los casos de Atenco, en El Estado de México, y la APPO, en Oaxaca.
Pero enfrentar al lopezobradorismo, un movimiento nacional, siguiendo la línea que acaba de recomendar el ex presidente Vicente Fox —“partirle el queso a López Obrador”— sería una gran imprudencia, jugar con fuego en un llano social muy seco, como es en el que hoy se desarrolla la protesta irritante pero pacífica. La represión quizá desactivará temporalmente la protesta, pero igualmente podría tornarla violenta y dejarla sin el control moderador que hoy ejerce AMLO sobre ella.— México, D.F.
Publicado originamene en el Diario de Yucatán.
De la política como abuso al desastre
Nota del Jueves 16 de octubre de 2008 )
De la política como abuso al desastre
El ejercicio del poder
Lorenzo Meyer
Los Clásicos. En la Grecia de Aristóteles se llegó a suponer a la ciencia política como el área más importante del conocimiento pues su objeto de estudio era la expresión más noble de la actividad humana, ya que de ella dependían la virtud y la felicidad colectivas. 2,500 años más tarde es muy difícil entender ese punto de vista y, sin embargo, en el terrible siglo XX, perdida ya toda inocencia como resultado de sus guerras, campos de exterminio y gulags, la gran Hannah Arendt planteó reconsiderar la validez de la propuesta. En “La condición humana” (Barcelona: Paidos, 1993, ed. original, 1958), Arendt argumentó de manera convincente que seguía siendo posible vivir la actividad política como la oportunidad de participar en el quehacer público con un propósito noble, ético.
En los tiempos que corren, el ejercicio del poder político es sinónimo de abuso extremo, criminal, que ha desembocado en desastre mayúsculo a nivel planetario. Ahora bien, justamente porque el panorama es así de desesperanzador, conviene, casi como un último recurso, intentar darle alguna posibilidad a los dos grandes filósofos políticos nacidos en Grecia y Alemania respectivamente.
La política como desastre. El ejercicio del poder como una actividad contraria al deber ser, a la ética, se ha practicado desde el inicio de los tiempos y en todas partes. Sin embargo, normalmente se ha combinado con un cierto grado de inteligencia y sentido de las proporciones para hacerlo más o menos tolerable para su víctima: el individuo común. No obstante, de tarde en tarde las élites del poder —los líderes políticos, empresariales, militares, religiosos e intelectuales— pierden piso, abandonan todo sentido de la realidad y toman sus decisiones influidas por una mezcla de corrupción desbocada, cinismo y egoísmo sin límites, irresponsabilidad e incapacidad intelectual y sin pizca de cordura. Es esta condición la que caracteriza a nuestro tiempo —el fracaso estrepitoso de los liderazgos— y la que ha desembocado en un ambiente generalizado de incertidumbre, desánimo y búsqueda de alternativas tanto en México como en el sistema internacional, particularmente en el país vecino del norte, centro de ese sistema.
El fracaso en el norte. George Soros, el multimillonario de origen húngaro nacionalizado norteamericano, a la vez beneficiario y crítico del capitalismo actual, explica la crisis en que hoy está sumida la economía mundial —situación, por cierto, que él mismo predijo de tiempo atrás— como el estallido de una burbuja hipotecaria en Estados Unidos dentro de otra burbuja financiera mundial creada por operaciones de crédito especulativo y desde hace tiempo fuera de cualquier control institucional. En esas condiciones, el derrumbe de las “hipotecas basura” en el país vecino desempeñó el mismo papel en el sistema financiero global que el estallido del disparador dentro de una gran bomba atómica: magnificó exponencialmente su poder destructivo.
En nombre del libre mercado y por decenios las autoridades norteamericanas abdicaron conscientemente de su responsabilidad de regular la red de contratos y créditos “derivados” que los supuestos magos financieros de Wall Street —y de aquí— tejieron con éxito en términos de ganancias. Y ahora que ha estallado la megacrisis, algunos de los principales arquitectos de esa gigantesca especulación e irresponsabilidad simplemente se han retirado a disfrutar de sus fortunas. En un cuadro publicado por El País (12 de octubre) se enlistan los nombres de 16 ejecutivos de 14 grandes instituciones financieras que contribuyeron a crear el desastre actual. Ese puñado de irresponsables e inmorales extremos hicieron perder a sus propias empresas más de 250,000 millones de dólares y el trabajo a más de 73,000 de sus propios empleados. Obviamente el daño que han ocasionado en el mundo es por ahora inconmensurable. Y sin embargo, esa decena y media de especuladores a lo grande que desarrollaron sus esquemas de locura financiera dentro de un marco político “legal” y bajo la mirada tolerante de los responsables —en realidad, irresponsables— políticos norteamericanos, acaban de cobrar en conjunto por salarios e indemnizaciones la nada despreciable suma de ¡627.7 millones de dólares! Realmente algo está muy podrido en la Dinamarca global.
La Dinamarca mexicana. Entre los últimos ejemplos mexicanos de la política como incapacidad y corrupción destaca el uso del 10% de nuestras reservas en dólares en beneficio de un pequeño pero poderoso grupo de especuladores que en tres días de octubre dieron cuenta de 8,900 millones de dólares, sin que eso le reportara beneficio alguno al país como tal. Sin embargo, los responsables finales de la maniobra no fueron los especuladores —Comercial Mexicana, Cemex, Alfa, Grupo Industrial Saltillo y los bancos que les prestaron, que necesitaban dólares para solventar los llamados “derivados” a los que habían apostado para obtener beneficios extraordinarios—, sino quienes pusieron en subasta los dólares de nuestra reserva y les permitieron ejercer su instinto especulador: las autoridades monetarias, es decir, los dirigentes políticos. ¿Algún castigo para los responsables y abusivos? Con nuestra historia como antecedente, no hay que esperar alguno.
Obviamente con los miles de millones de dólares que en un abrir y cerrar de ojos desaparecieron de nuestras reservas se hubieran podido construir, o casi, una de las varias refinerías que se están necesitando desde hace mucho, pero que hasta antes de que los efectos de la crisis mundial le obligaran a cambiar, el gobierno neoliberal de Felipe Calderón se había negado a emprender aduciendo que ante la falta de recursos sólo la inversión externa privada podía hacerlo. Convertido contra su voluntad al neokeinesianismo —hacer intervenir al Estado en el mercado para contrarrestar sus inevitables ciclos negativos—, Felipe Calderón acaba de anunciar que lo demandado por el líder opositor Andrés Manuel López Obrador desde la campaña de 2006 —construir varias refinerías con recursos públicos para no importar gasolinas ni exportar crudo— no es, después de todo, un peligro para México. Ahora bien, el tiempo perdido en este campo —varios años— lo lloran los santos y también el interés nacional mexicano.
En la amplia agenda de los grandes problemas nacionales se inscribe claramente la última acción de esa notable representante de lo peor del corporativismo construido a lo largo del siglo XX mexicano: la presidenta nacional del SNTE, la maestra Elba Esther Gordillo. Como lo informó Reforma (12 de octubre), la señora Gordillo no tuvo ningún empacho en combinar su exigencia de una ampliación de 5,000 millones de pesos del gasto público en educación —que básicamente se destina al pago de sueldos y prestaciones de los profesores— con un espectacular regalo a los líderes seccionales a cargo de los fondos sindicales —una suma cuantiosa que nadie audita—: 59 camionetas Hummer modelo 2009, cuyo valor por unidad puede llegar al medio millón de pesos. Se comprende que al ver llegar la caravana de esos vehículos muy apreciados por los narcotraficantes, los líderes sindicales reunidos en Hermosillo primero se alarmaran pero luego exclamaran: “¡Es Santa Claus!”. Sin embargo, ante la reacción negativa, optaron por rifar los vehículos ¡en beneficio de escuelas pobres! Al final, el hecho es un indicador perfecto del tipo de cultura del corporativismo mexicano.
En un país de pobre crecimiento económico, donde más del 40% de sus habitantes está clasificado como pobre y donde las pruebas muestran que el 70% de los estudiantes no logra el dominio mínimo aceptable de español o matemáticas, la sensibilidad y sentido de la responsabilidad de todo el liderazgo del SNTE resulta equiparable a la del emperador Nerón cuando desde su palacio vio arder a Roma y se puso a tocar la lira.
Sin embargo, lo más revelador del incidente no es la conducta de los líderes sindicales, sino la naturaleza del gobierno que los aceptó como aliados estratégicos para ganar la elección de 2006 y sostenerse en el poder frente a una oposición que le niega legitimidad justamente por las circunstancias en que tuvo lugar esa elección y sus consecuencias.
Finalmente. En el México actual que tanto en lo interno como en lo externo vive la política como abuso y desastre, es muy difícil imaginar el ejercicio del poder como lo consideraron Aristóteles o Hannah Arendt: como la expresión más noble de la voluntad e inteligencia del ser humano. Y sin embargo, y aunque sin ilusiones, debemos intentarlo, pues lo contrario es someterse a lo peor de esa misma naturaleza humana.— México, D.F.
Publicado originalmente en el diario de Yucatán
De la política como abuso al desastre
El ejercicio del poder
Lorenzo Meyer
Los Clásicos. En la Grecia de Aristóteles se llegó a suponer a la ciencia política como el área más importante del conocimiento pues su objeto de estudio era la expresión más noble de la actividad humana, ya que de ella dependían la virtud y la felicidad colectivas. 2,500 años más tarde es muy difícil entender ese punto de vista y, sin embargo, en el terrible siglo XX, perdida ya toda inocencia como resultado de sus guerras, campos de exterminio y gulags, la gran Hannah Arendt planteó reconsiderar la validez de la propuesta. En “La condición humana” (Barcelona: Paidos, 1993, ed. original, 1958), Arendt argumentó de manera convincente que seguía siendo posible vivir la actividad política como la oportunidad de participar en el quehacer público con un propósito noble, ético.
En los tiempos que corren, el ejercicio del poder político es sinónimo de abuso extremo, criminal, que ha desembocado en desastre mayúsculo a nivel planetario. Ahora bien, justamente porque el panorama es así de desesperanzador, conviene, casi como un último recurso, intentar darle alguna posibilidad a los dos grandes filósofos políticos nacidos en Grecia y Alemania respectivamente.
La política como desastre. El ejercicio del poder como una actividad contraria al deber ser, a la ética, se ha practicado desde el inicio de los tiempos y en todas partes. Sin embargo, normalmente se ha combinado con un cierto grado de inteligencia y sentido de las proporciones para hacerlo más o menos tolerable para su víctima: el individuo común. No obstante, de tarde en tarde las élites del poder —los líderes políticos, empresariales, militares, religiosos e intelectuales— pierden piso, abandonan todo sentido de la realidad y toman sus decisiones influidas por una mezcla de corrupción desbocada, cinismo y egoísmo sin límites, irresponsabilidad e incapacidad intelectual y sin pizca de cordura. Es esta condición la que caracteriza a nuestro tiempo —el fracaso estrepitoso de los liderazgos— y la que ha desembocado en un ambiente generalizado de incertidumbre, desánimo y búsqueda de alternativas tanto en México como en el sistema internacional, particularmente en el país vecino del norte, centro de ese sistema.
El fracaso en el norte. George Soros, el multimillonario de origen húngaro nacionalizado norteamericano, a la vez beneficiario y crítico del capitalismo actual, explica la crisis en que hoy está sumida la economía mundial —situación, por cierto, que él mismo predijo de tiempo atrás— como el estallido de una burbuja hipotecaria en Estados Unidos dentro de otra burbuja financiera mundial creada por operaciones de crédito especulativo y desde hace tiempo fuera de cualquier control institucional. En esas condiciones, el derrumbe de las “hipotecas basura” en el país vecino desempeñó el mismo papel en el sistema financiero global que el estallido del disparador dentro de una gran bomba atómica: magnificó exponencialmente su poder destructivo.
En nombre del libre mercado y por decenios las autoridades norteamericanas abdicaron conscientemente de su responsabilidad de regular la red de contratos y créditos “derivados” que los supuestos magos financieros de Wall Street —y de aquí— tejieron con éxito en términos de ganancias. Y ahora que ha estallado la megacrisis, algunos de los principales arquitectos de esa gigantesca especulación e irresponsabilidad simplemente se han retirado a disfrutar de sus fortunas. En un cuadro publicado por El País (12 de octubre) se enlistan los nombres de 16 ejecutivos de 14 grandes instituciones financieras que contribuyeron a crear el desastre actual. Ese puñado de irresponsables e inmorales extremos hicieron perder a sus propias empresas más de 250,000 millones de dólares y el trabajo a más de 73,000 de sus propios empleados. Obviamente el daño que han ocasionado en el mundo es por ahora inconmensurable. Y sin embargo, esa decena y media de especuladores a lo grande que desarrollaron sus esquemas de locura financiera dentro de un marco político “legal” y bajo la mirada tolerante de los responsables —en realidad, irresponsables— políticos norteamericanos, acaban de cobrar en conjunto por salarios e indemnizaciones la nada despreciable suma de ¡627.7 millones de dólares! Realmente algo está muy podrido en la Dinamarca global.
La Dinamarca mexicana. Entre los últimos ejemplos mexicanos de la política como incapacidad y corrupción destaca el uso del 10% de nuestras reservas en dólares en beneficio de un pequeño pero poderoso grupo de especuladores que en tres días de octubre dieron cuenta de 8,900 millones de dólares, sin que eso le reportara beneficio alguno al país como tal. Sin embargo, los responsables finales de la maniobra no fueron los especuladores —Comercial Mexicana, Cemex, Alfa, Grupo Industrial Saltillo y los bancos que les prestaron, que necesitaban dólares para solventar los llamados “derivados” a los que habían apostado para obtener beneficios extraordinarios—, sino quienes pusieron en subasta los dólares de nuestra reserva y les permitieron ejercer su instinto especulador: las autoridades monetarias, es decir, los dirigentes políticos. ¿Algún castigo para los responsables y abusivos? Con nuestra historia como antecedente, no hay que esperar alguno.
Obviamente con los miles de millones de dólares que en un abrir y cerrar de ojos desaparecieron de nuestras reservas se hubieran podido construir, o casi, una de las varias refinerías que se están necesitando desde hace mucho, pero que hasta antes de que los efectos de la crisis mundial le obligaran a cambiar, el gobierno neoliberal de Felipe Calderón se había negado a emprender aduciendo que ante la falta de recursos sólo la inversión externa privada podía hacerlo. Convertido contra su voluntad al neokeinesianismo —hacer intervenir al Estado en el mercado para contrarrestar sus inevitables ciclos negativos—, Felipe Calderón acaba de anunciar que lo demandado por el líder opositor Andrés Manuel López Obrador desde la campaña de 2006 —construir varias refinerías con recursos públicos para no importar gasolinas ni exportar crudo— no es, después de todo, un peligro para México. Ahora bien, el tiempo perdido en este campo —varios años— lo lloran los santos y también el interés nacional mexicano.
En la amplia agenda de los grandes problemas nacionales se inscribe claramente la última acción de esa notable representante de lo peor del corporativismo construido a lo largo del siglo XX mexicano: la presidenta nacional del SNTE, la maestra Elba Esther Gordillo. Como lo informó Reforma (12 de octubre), la señora Gordillo no tuvo ningún empacho en combinar su exigencia de una ampliación de 5,000 millones de pesos del gasto público en educación —que básicamente se destina al pago de sueldos y prestaciones de los profesores— con un espectacular regalo a los líderes seccionales a cargo de los fondos sindicales —una suma cuantiosa que nadie audita—: 59 camionetas Hummer modelo 2009, cuyo valor por unidad puede llegar al medio millón de pesos. Se comprende que al ver llegar la caravana de esos vehículos muy apreciados por los narcotraficantes, los líderes sindicales reunidos en Hermosillo primero se alarmaran pero luego exclamaran: “¡Es Santa Claus!”. Sin embargo, ante la reacción negativa, optaron por rifar los vehículos ¡en beneficio de escuelas pobres! Al final, el hecho es un indicador perfecto del tipo de cultura del corporativismo mexicano.
En un país de pobre crecimiento económico, donde más del 40% de sus habitantes está clasificado como pobre y donde las pruebas muestran que el 70% de los estudiantes no logra el dominio mínimo aceptable de español o matemáticas, la sensibilidad y sentido de la responsabilidad de todo el liderazgo del SNTE resulta equiparable a la del emperador Nerón cuando desde su palacio vio arder a Roma y se puso a tocar la lira.
Sin embargo, lo más revelador del incidente no es la conducta de los líderes sindicales, sino la naturaleza del gobierno que los aceptó como aliados estratégicos para ganar la elección de 2006 y sostenerse en el poder frente a una oposición que le niega legitimidad justamente por las circunstancias en que tuvo lugar esa elección y sus consecuencias.
Finalmente. En el México actual que tanto en lo interno como en lo externo vive la política como abuso y desastre, es muy difícil imaginar el ejercicio del poder como lo consideraron Aristóteles o Hannah Arendt: como la expresión más noble de la voluntad e inteligencia del ser humano. Y sin embargo, y aunque sin ilusiones, debemos intentarlo, pues lo contrario es someterse a lo peor de esa misma naturaleza humana.— México, D.F.
Publicado originalmente en el diario de Yucatán
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